martes, 17 de marzo de 2020

ACTO 8. Conclusiones.

00:44, 26 de Febrero 2020.
Paseo del Huangpu River Binjiang Avenue, Shanghai, China.

La vista desde la ribera del río que partía en dos a Shanghai era de las mejores que se podían encontrar en esta ciudad, sobretodo de noche con la iluminación de sus edificios y rascacielos. Lian Wen se giró dando la espalda al agua para ver cual color era el que poseía la Perla de Oriente. El morado y el rosa la vestían dándola un imponente brillo y atractivo. La agente secreta oyó un sonido característico, un raro y reconocible silbido. Lo siguió y vio a su excompañero Ba Chao con gabardina beige y un sombrero sentado en un banco. Ella fue allí y se sentó a su lado sin dirigirle la mirada mas que furtivamente.

—¿Cómo va todo, Lian? —dijo sin apartarse la mascarilla, mirada al frente.
 —Cuanto tiempo, amigo. Todo como siempre. ¿Y tú?
—Siempre se podría estar mejor o peor, no me quejo. —Miró a la izquierda tres segundos y continuó— Tengo esa información confidencial de la que me hablaste. Confirmada. Una grabación.
—¿Me la puedes enseñar? —preguntó poniéndose en tensión involuntariamente.
—Ahora no. Podría hacértela llegar si la quieres con tanta ansia, pero sería peligroso y habría que abrir protocolos de máxima seguridad que no me apetecen abrir. Puedes fiarte de mi palabra, ya lo sabes —dijo sacando su típica libreta y bolígrafo, sus fieles acompañantes.
—Siempre es bueno ver las pruebas, bien sabes que soy una escéptica. No obstante, no quiero que nos manchemos más de mierda. Cuéntame. No tenemos mucho tiempo. En todo caso, ya me la harás llegar.
—Tenías razón con que no se tomaron los mecanismos necesarios para frenar la pandemia cuando debían haber sido tomados, todo se hizo mal y tarde. Sin embargo, no fue por ineficiencia del personal, si no por negligencia intencionada. En la cúpula del PCC, selectos miembros estaban al tanto de la pandemia y no dijeron nada para usarla a su debido interés. Dos vertientes diferentes de pensamiento y totalmente antagónicas vieron en la propagación del virus a su mayor aliado para ejecutar sus planes.
—¿Buscaban un cambio?
—Unos buscaban un cambio y siguen buscándolo, esos son nuestros amigos—susurró, acercándose a ella—. Otros buscaban un ataque y una demostración de fuerza y poder del Partido Comunista Chino, matando al monstruo invisible de la enfermedad. Estas dos partes lo supieron antes que nadie y ninguna hizo nada para evitarlo. Los contrarios al régimen querían que el Covid-19 se expandiese dañando al partido y haciéndoles perder credibilidad, intentando así provocar una chispa para la revolución.
—Esa misma chispa que nosotros buscamos, en medio de un frío y húmedo páramo —soltó Lian con desidia.
—Los acólitos al régimen querían la enfermedad para usarla como arma arrojadiza a todo el mundo y demostrar la importancia y el poder de China en el mercado mundial. Si nosotros paramos, ellos sufren económicamente por estar deslocalizados aquí. Si China no exporta y no compra, se notará su ausencia. El stock del mundo se agota. Y más importante todavía, si China lucha con medidas dictatoriales y centralizadas de corte dictatorial contra un virus tan peligroso y contagioso como el coronavirus, ¿podrían seguir ese ejemplo los demás países democráticos y tan civilizados? Estados Unidos podría verse superado con su sanidad privada, Occidente tendría que recortar derechos y libertades para frenar la infección, miles de millones de dólares más se perderían. Una gran perturbación social y política. En cambio, China estaría lista para la mayor cuarentena de la historia mientras los demás países miran hacía otro lado y el virus se extiende dentro de sus débiles fronteras. Los posibles sustitutos de Xi, se frotaban las manos mientras el virus se propagaba de una ciudad a otra sin control. Para colmo, ¿crees que a alguien en las altas esferas de China le interesará que muera gente?
—Se pondrían alegres si se reduce la población, mejor todavía si son los ancianos los más afectados. Somos demasiados suelen decir.
—Que te voy a decir a ti, querida Lian. Tengo todo esto que te he dicho grabado en las palabras de un alto cargo. Y mucho más. Te lo haré llegar.

Ba Chao se levantó y dejó una página de su libreta en su plaza libre. Lian la recogió presta, memorizó la clave y la quemó con su mechero. Tras eso, se quitó la mascarilla y se encendió un cigarro apreciando las vistas de la metrópolis.




11:22, 3 de Marzo 2020.
Lago Biwa, Kioto, Japón.

En impoluto traje gris de Giorgio Armani, Anthony se iba meciendo en la canoa, remando con poco énfasis. Avistó la pequeña isla amurallada con nenúfares y plantas acuáticas de la que una familia de patos salía. Aparcó la canoa y desembarcó manchando sus mocasines de barro. El inglés hizo un gesto de decepción y se colocó el flequillo que le sobresalía en la frente.

—Buenos días, amigo. Llegas un poco tarde. ¿Dónde queda la puntualidad británica? —dijo una mujer esbelta con una mezcla de rasgos asiáticos.
—Hemos quedado en un sitio difícil de llegar —se excusó agachando la cabeza con una sonrisa pícara—. He tenido que tomar prestada una canoa y no encontraba una. No iba a venir nadando, Lea.
—Siempre haciendo todo lo posible por no manchar tus trajes caros… vayamos al grano, Anthony. Estoy segura de que ambos tenemos mejores cosas que hacer.
—En mi caso, ¿qué mejor que una cita con tal preciosa señorita en una isla de un lago nipón? —bromeó con seductor acento.
—¿Para que me has llamado? ¿Qué quiere tu gobierno?
—Información. Siempre tan relevante. Hay muchas novedades en el mundo. No obstante, hay una por la que tengo preferencia. Una pandemia —dijo el agente del MI6 mirando los oscuros ojos de Lea.
—Todos estamos muy interesados por el Covid-19. Está en todos los lados, en todas las pantallas, en todos los periódicos. Y resulta que es una enfermedad que no está causando tantos muertos como otros sucesos de los que ni siquiera se habla. ¿Por qué será? Veo que a pocos les importa las millones de personas que mueren de hambre en el mundo o están en la total pobreza. Poco importan las guerras libradas en Siria o Yemen. Poco importan los que mueren en el Mediterráneo intentando llegar al sueño europeo…
—Nosotros ya no somos europeos, recuerda, jeje —interrumpió con malicia.
—Lo mismo da, tampoco queréis haceros cargo de refugiados e inmigrantes. Da lo mismo que se quebrante el Tratado de Maastricht en Grecia con el apaleamiento de refugiados en Lesbos, por ejemplo. ¿Qué más dan todos esos actos deshumanizados en esta época individualista? ¿Importan más los bombardeos en Idlib o las confrontaciones entre Rusia y Turquía? Quizás importen algo más. Lo que pasa en Palestina, ¿eso importa? No. Ni siquiera importan las plagas de langostas que asolan países o la explotación laboral capitalista. Tampoco importa una enfermedad que deja un reguero de cadáveres en África como es el sarampión o el ébola. Pero me resulta tan tierno que ahora importe el coronavirus de Wuhan tanto. Debe ser que esta epidemia está trastocando el mercado mundial y las bolsas, pone en peligro eventos deportivos y grandes actos que mueven mucho dinero. Un enemigo invisible que hasta un rico puede coger y no le servirán sus millones para subsanarlo poniéndose una vacuna.
—Veo que estás sumamente informada del contexto internacional, enhorabuena. No obstante, nada nuevo me has dicho. Ya sabía todo eso. Y es cierto lo que dices, todo. Por eso me importa el coronavirus y no el sarampión. Ninguna enfermedad cerró las ciudades chinas de este modo inusual. Sinceramente, por ello me concierne más este simple virus que cualquiera de las otras cosas que probablemente no afecten a Gran Bretaña jamás. El imperio británico fue lo que fue por matar gente en otros lados, no por preocuparse por ella. Y ahora que estamos solos, en mayor medida, nos da igual toda esa pobre gente desafortunada. De todas formas, Lea, ¿creías que estaba aquí por algún otro motivo que no fuese el Covid-19? Yo no me mancho los zapatos por mierdas sin importancia. Me decepcionarías mucho si hubieses pensado que estaba aquí por los muertos inocentes del mundo. A mi me importan los posibles muertos e infectados ingleses. Y sospechamos que podrían ser muchos si no actuamos en consecuencia. Sé que los muertos en China son muchos más de los que se dicen, pero bueno me da igual. También sé que vuestro primer ministro, Shinzho Abe, se dedica a evitar hacer test por si da la casualidad de que las cifras infectadas de japoneses suben sin control y ponen en peligro los Juegos Olímpicos. ¿Qué casualidad que este virus tan poco peligroso pueda provocar eso, verdad? No tomes por tontos al MI6. Nunca nos hemos caracterizado por ser tontos.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Lea tranquilamente, sin inmutarse.
—Información que tú tienes. Lo sé.
—¿Y qué me das a cambio?
—Esto —dijo pasándole una carpeta que se sacó del interior del traje—. Y apoyaremos a Japón y a todas sus medidas necesarias para la celebración de los Juegos Olímpicos. Y cuando toda esta pandemia acabe, ya sea por la aparición de una vacuna pronto o por el control del virus cuando haga calor, Boris Johnson estará totalmente dispuesto a firmar un tratado comercial con el antiguo imperio del Sol Naciente.
—¿También estáis dispuestos a firmar tratados con China? ¿En relación al 5G? —respondió sin abrir la carpeta.
—El dinero es el dinero. Ya veremos la mejor oferta —dijo lentamente esperando la apertura de la carpeta. Lea se quedó más blanca tras ver el contenido y pasó las páginas sorprendida.
—¿Cómo es posible esto? —preguntó absorta, sin creer lo que veían sus ojos—. No puede ser posible.
—Pues lo es. A no ser que el agente secreto más reputado de China tenga una hermana gemela… —dijo mofándose Anthony.
—Fingió su muerte —recapacitó Lea Wen—… Nadie podría sobrevivir a esa caída. ¿Cómo lo hizo? Yo lo vi saltar con mis propios ojos en Hong Kong. Es imposible.
—Pues estaba vivito y coleando. Y en Estados Unidos. ¿Qué hacía allí?
—¿Estaba?
—La CIA encontró su cadáver unos días después de estas fotos. Murió por una neumonía extraña, por coronavirus. —Lea miró a los ojos del inglés totalmente desubicada, casi mareada, las sienes le palpitaban—. Y antes había quedado con uno de los grandes directivos de Microsoft. No saben donde se encuentra ese hombre tampoco. Están desubicados. ¿Te suena un tal señor Liu, trabajador de un laboratorio biológico de Wuhan?
—Sí, mi hermana lo conoció antes de su fallecimiento.
—Tenía una cuenta en las Islas Caimán, en las que le ingresaron muchos dólares. Quizás fue nuestro colega de Microsoft, estamos investigando. Te haremos llegar la información si la conseguimos. Algo no cuadra. Hay algo muy raro aquí.
—Gracias por la info. Toma. —Le tendió un pendrive—. Información clasificada desde China, palabras de un alto cargo que conoceréis. No os fieis de ellos. No os fieis de nadie.
—Esa es nuestra norma número 1, amiga.



¿THE END?



Epílogo.

03:33, 25 de Agosto 2019.
Selva de Tailandia.

Los insectos y animales de la noche daban un sonido característico al paisaje oscuro como el fondo del pozo de la selva tailandesa. Un animal con escamas aprovechaba su horario nocturno para ir a buscar comida. El pangolín se movía tranquilo entre las hojas, sabiendo que no había depredadores cercanos. Avanzó hasta un árbol caído por la tormenta tropical de hace unos días y encontró su banquete. Sacó su larga lengua y la metió por el tronco del árbol, así se deleitó con numerosas termitas. En medio del buffet, una luz le sorprendió. El alarmado animal nunca había visto tal cosa y con miedo, decidió hacerse una bola para protegerse con su armadura de placas. Un monstruo le agarró y lo encerró en una caja en la cual no podía ni moverse apenas. Le sacaron de su hogar como en un secuestro.
09:44, 5 de Septiembre 2019.
Frontera de Laos con China.

Tras multitud de días encerrado en una caja, sin apenas comida y bebida y con los músculos entumecidos y doloridos. El camión donde era transportado se detuvo. Se abrieron las puertas traseras y dos de los anteriores monstruos que le habían capturado se asomaron. Ellos le atemorizaban más que los jaguares, tenían dentro una oscuridad que jamás había visto. En el camión había muchos más prisioneros: murciélagos, musarañas, tapires, todos ellos en condiciones deplorables y sufriendo. Los dos hombres comenzaron a discutir con firmeza.

—Se acabó. Ya no podemos pasar más —dijo un policía fronterizo con negaciones.
—¿Cómo que no? —respondió ultrajado el tailandés—. Siempre nos dejabais. Está estipulado así. Siempre pagábamos en frontera y hacíais que no veíais nada, es el trato.
—Las cosas han cambiado, amigo.
—¿Qué ha cambiado? ¿El qué? Venga, hombre, ¿qué hago yo con el cargamento este, eh?
—Haz lo que quieras, pero por aquí no pasa.
—¿Cuál es el motivo, eh? No me muevo hasta que me lo digas.
—Vale, a ver —el guardia miró a los lados y cogió del brazo al traficante—. Órdenes de arriba. No podemos permitir el paso de más contrabando de animales, órdenes de Pekín. Vino un gran oficial a decirnos que se había acabado cualquier comercio ilícito de animales bajo pena de cárcel o peor.
—¿China queriendo acabar con el comercio ilícito? Ja. Ja. Si es lo que más les gusta. ¿Cuál es el motivo? ¿Por qué no quieren seguir comiendo pangolín medio crudo? Si les encanta ¿Han cesado de experimentar con él también?—añadía sin salir de su asombro.
—Ojalá lo supiese. Ojalá. Esto se acabo. Solo sé eso.

23:11, 5 de Septiembre 2019.
Carretera fronteriza, Laos.

Uno de los monstruos agarró su caja y la portó entre la vegetación. Allí le abrió la puerta. El pangolín con un temor y dolor que lo agarrotaban se hizo una bola y deseó que no le hiciesen más daño. El humano lo cogió y le forzó a salir de su prisión y se fue. Por fin, el animal volvía a estar en libertad tras múltiples días de sufrimiento encerrado. Estaba en un hábitat distinto al anterior, no obstante, podría sobrevivir. Comenzó su andadura para buscar agua, la olía cercana. Después se pondría a buscar hormigueros y cataría esas hormigas que tanto le agradaban. Volvía a la libertad y estaba feliz.


Por lo menos, para los pangolines un virus como el Covid-19 les había librado de un virus como el ser humano. El pangolín es una de las especies más traficadas y más comerciadas del mundo, su caza ilegal les está llevando a la extinción. Puede que el virus más peligroso para el planeta Tierra sean los propios seres que lo gobiernan.



martes, 3 de marzo de 2020

ACTO 6 y 7. Huida.

ACTO 6. Huida.


01:45, 10 de Febrero 2020.
Bloque de pisos en cuarentena, Wuhan, China.

—Venga, ha llegado el momento —dijo Hua Zhenyi, la mayor de las gemelas por diferencia de una decena de minutos—. Es la hora.
—No estoy segura… —respondió Mei con cobardía—. No me atrevo. Sería mejor esperar y todo pasará. Me da miedo hacer esto…
—Hay que actuar. No podemos quedarnos a esperar. No nos queda comida suficiente. ¿Dónde está mamá? ¿Dónde está papá? Y ya sabes que pasó con la tía y los abuelos. No sabemos nada de ellos. Ya viste el último mensaje que nos envió mamá. Estaba muy clara la orden. Hay que irse.
—Pero los policías vigilan todo, si nos pillan —interrumpió el llanto su oración—… Tengo miedo. No quiero hacerlo, hermana. No.
—Ya no hay marcha atrás. Tenemos que ser valientes —finalizó abrochándose el traje médico hasta arriba y miró por la ventana. La caída era larga, 5 pisos. Hua estaba convencida de que no habría percances. Lo llamaba ley de la atracción—. Tú vas primero, hermana. Yo te indicaré desde arriba y una vez estés abajo me indicas tú.
—¿Cómo que yo primero? Ni hablar. No lo haré —soltó ofendida.
—No pienso bajar yo antes y que tú te quedes en casa llorando. Ya nos conocemos, hermana. Tú vienes conmigo.

 La pequeña de las gemelas, envuelta en su traje médico, bajó  por los aparatos de aire acondicionado con sutileza. Estos formaban, casualmente, una especie de escalera y con facilidad llegó hasta la terraza del segundo piso. Allí la operación se complicaba y la única alternativa era intentar bajar por el canalón del agua o lanzarse a alcanzar una rama un tanto alejada. Mei esperó a su hermana que llegó sin problemas a la terraza envuelta entre un manto de sombras nocturnas. Tomaron la opción del canalón.

En primer lugar fue Mei, obligada a descender. Su traje se enganchó en plena bajada y se rompió a la mitad, sin embargo, tuvo éxito en el aterrizaje. Hua se lamentó de no haber caído en la cuenta de que debían haberse puesto el uniforme médico una vez realizado el escape. Ella cumplió el objetivo con mayor pericia en un deslizamiento digno de bombera. Habían salido de su bloque, primer paso conseguido.




02:36, 10 de Febrero 2020.
Residencia de los Woo, Wuhan, China.

Llamaron al timbre con urgencia y sudando. Los trajes eran incómodos para correr y no permitían una buena transpiración. Habían evitado a cualquier cuerpo de seguridad de la ciudad y siendo rápidas se habían plantado en la casa de Fen, a las afueras. Sabían que su amigo podría ayudarlas, le necesitaban.

—¿Sí? —respondió el telefonillo.
—Fen, somos Hua y Mei. No sé si habrás visto el mensaje que te…
—Id a la verja de la parte de atrás del jardín, rápido.

En ese lugar les recibió Fen. Les invitó a pasar, pero ellas denegaron la oferta porque no querían saltar otra valla. Así que la conversación fue con una reja de por medio.

—Ya sabes cual es la situación, Fen. Es de máxima gravedad. Por ello necesitamos tu ayuda, venimos a pedírtela. Sé que no te podemos obligar a dárnosla pero sería esencial, Fen —pidió Hua con sinceridad. Ambos tenían una gran amistad desde pequeños y Hua sabía que él siempre había estado enamorado de ella. Aunque ahora se habían distanciado creía que así seguía siendo—. Mi madre me ha dicho que le habían trasladado a trabajar a un nuevo hospital, cerca de aquí. Quiero ir a buscarla. Quiero saber que es de ella, quiero saber que es de mi padre y de mi familia. Me temo lo peor, Fen. Lo presiento. No podemos seguir así. La comida se agota y estamos encerrados mientras el virus se expande por los bloque de pisos. Y peor todavía es ir a un hospital. No hay suministros, ni medicamentos. La situación es crítica.
—¿Y qué queréis que haga?
—Ven con nosotras.
—¿Adónde? —pregunto más confuso.
—Primero quiero despedirme de mi madre en el hospital. Luego huiremos a casa de mi abuela, está aislada en un pueblo pequeño. Nos podremos esconder allí hasta que contactemos con un intermediario que nos saque del país, dirección Vietnam. Como los que enviaban fuera a las niñas cuando estaba en vigor la política de un único hijo. Tengo todo el dinero de mis padres, me lo han dejado y me han dicho que salga de aquí cuanto antes. Y ya sabes que mi madre es médica, no está bromeando. Tus padres también están fuera de China, podrías reunirte con ellos, Fen. ¿Qué me dices?
—Me he quedado un poco desorientado —dijo desalentado—. Es una decisión que debería pensar y meditar. No puedo tomarla a la ligera.
—No hay tiempo, Fen. Lo siento. Necesito una respuesta. Nosotras ya hemos decidido. ¿Te quedas o te vienes?
—¿Dónde está la casa de tu abuela? —preguntó rascándose la barbilla, su cerebro planeaba.
—A unos 50 kms. Iremos por el bosque y no nos encontrarán. Tengo provisiones en la mochila.
—Yo tengo unas bicis que os podría dejar.
—¿Entonces no vienes?

Fen suspiró. Recordó que se había prometido ser valiente, que en su vida no había hecho ningún acto de heroicidad como sus personajes favoritos de cine o videojuegos. Vietnam…




03:23, 10 de Febrero 2020.
Nuevo hospital de Wuhan, China.

—Voy a intentar entrar por ese lado —dijo Hua en voz baja, escondida entre unos matorrales. La humedad le empapaba el traje. Señalaba a una puerta trasera que estaba sin vigilar.
—Está complicado —dijo Fen, aparentando normalidad—. ¿Por qué todo tan vigilado? Es un hospital. Parece una prisión más bien. No lo entiendo.
—Vamos a comprobarlo ahora —dijo decidida la gemela mayor.
—Yo no voy ni de casualidad —añadió la pequeña—. Tengo miedo. Aquí te espero.
—¿No quieres buscar a mamá? —preguntó ofendida.
—Lo que no quiero es ser detenida o morir.
—Yo te acompañaré —transmitió Fen orgulloso.
—Déjale el traje de médico, tú no lo necesitarás entonces, hermana.

Se movieron agiles entre la penumbra como gatos, llegando así a estar cercanos a la puerta trasera. Escondidos entre unos cubos de basura y un gran contenedor blanco portátil sospechoso analizaban su posición y siguientes pasos. Dos comandos de militares patrullaban los alrededores y el perímetro con pasividad y linternas. Esa pasividad se tornó a gritos alarmantes de improvisto. El corazón de los dos intrusos se volcó y quietos quedaron rezando por su salvación. Los halos de luces pasaron de largo y se dirigieron a la puerta principal donde gran alboroto se escuchaba. Aprovechando el jaleo, Hua y Fen se introdujeron en el hospital con cautela y rapidez.

Se adentraron en una sala alargada con luces de emergencia escasas y parpadeantes. El olor era repulsivo y hasta con mascarilla se podía mascar. Como guiado por una fuerza involuntaria, Fen encendió la luz y descubrió la macabra escena. Él tuvo una arcada tras un simple vistazo al panorama y se quedó en cuclillas tratando de reponerse. Hua alzaba la vista con incredulidad, sus temores y sospechas se hacían realidad. Debía encontrar a su madre.

—Joder. Joder —repetía Fen, recuperado del shock inicial que era ver una treintena de camillas en fila con cuerpos en bolsas y apilados—. ¿Qué diablos es esta mierda de enfermedad? ¿No era algo poco peligroso? ¿Qué coño pasa?
—Somos muchas personas y los servicios médicos han colapsado. Debe haber muchos infectados más de los que dicen. Vamos por allí.
—Joder. Esa bolsa se movía aún, joder. Fíjate en el pie. —Fen alucinaba con la cantidad de cuerpos, alguno tirado encima de otro e incluso pequeñas bolsas indicando el fallecimiento de niños.
—No tenemos tiempo, vamos —dijo Hua y abrió la puerta del final de la sala poco a poco con su ojo investigando por la pequeña ranura que iba creándose—. Adelante.

La sala contigua, en cambio, era pequeña, parecía una recepción. Contaba con unas sillas de madera a un lado y una mesa llena de papeles con un ordenador al otro. Hua se abalanzó al aparato electrónico y dirigió el ratón a solucionar sus dudas. Fen se acercó a ella e inspeccionó las hojas que se esparcían de modo caótico en la madera. Hua desbloqueó el PC y entró en varios programas de datos que podían darle la preciada información que buscaba.

—¿Sabes que dicen estos documentos? —añadió Fen conmovido—. Es increíble.
—No sé —contestó la mujer con su atención puesta en la pantalla.
—Son hojas de defunción. Hay muchísimas. Todas tienen otra hoja grapada. Una debe ser la oficial y la otra la real. La que tiene el sello del PCC es en la que pone que el paciente ha muerto por una causa diferente al virus. La otra es la que indica que el COVID-19 ha sido el responsable y en esta señala las fases del virus. Madre mía, esto es una locura, Hua. Una puta locura.
—No me sorprende. ¡Fen! Contraseña. Necesitamos una contraseña. ¡Mierda!
—¡Mierda! ¿Cómo demonios habéis entrado aquí? ¿Se puede saber que hacéis aquí? ¿Habéis perdido el juicio? —dijo una señora achaparrada y ancha con indumentaria de época de pandemia. La mascarilla no disimulaba su sorpresa por ver a los dos jóvenes.
—Ohh… —Fue el único sonido que puedo hacer Fen.
—Estoy buscando a mi madre y a mi familia. Ayúdenos, por favor. Mi madre es médica al igual que usted. Estoy muy preocupada por ella. Es la doctora Zhenyi. Por favor, le ruego que nos ayude por lo que más quiera.
—Esto no me lo puedo creer. ¿Cómo habéis entrado? ¿Habéis visto los cadáveres? ¿Qué estáis haciendo? Teníais que estar en vuestras casas en cuarentena.
—Íbamos camino a la muerte en la cuarentena —soltó Hua poniéndose de pie y acercándose a la mujer mayor— Solo queremos saber la información que te pido y nos vamos rápido. Por favor, ayúdeme. Tenga piedad. —Al concluir la frase, se arrodilló ante la médica.
—Vale. Vale. Te la daré y os vais por donde habéis venido como si no hubiese un mañana. Debéis huir cuanto antes.
—Quizás no lo haya… —dijo Fen en voz baja, mirando la foto de un hombre joven de los funestos documentos.




03:58, 10 de Febrero 2020.
Afueras del hospital de Wuhan, China.

Mei aguardaba a la llegada de los infiltrados con miedo y desconsuelo. Toda esta misión especial era un acto suicida de su hermana, siempre tan valiente. El gobierno obligaba y recomendaba a quedarse en casa y ella tenía que salir a curiosear en lugares prohibidos y vigilados. No quería, no le gustaba. Por mucho que su madre les hubiese dicho, ella quería quedarse en casa y cuando la enfermedad pasase todo volvería a ser normal. Pero no. Hay gente como Hua que no sabe esperar, que no tiene paciencia. Había momentos en los que sus grandes diferencias les hacían odiarse.

Acertó a ver sus dos figuras saliendo del edificio, iban corriendo en su dirección. Mei se levantó presta para la carrera y sin saludos o explicaciones empezaron a huir. Fen abría la marcha entre los arboles y la oscuridad del bosque. Tras 10 minutos de ritmo elevado, pararon debido a las quejas de Mei que no aguantaba el tirón.

—¿A qué viene tanta carrera? —preguntó sofocada y exhausta.
—Puede ser que nos hayan detectado en lo que hemos estado en el hospital. Había cámaras.
—Hemos visto cosas que no debíamos ver —añadió el hombre, recuperando el aliento.
—¿Qué habéis visto? ¿Y mamá?
—Había muchos cadáveres. Muchos más fallecidos e infectados de lo que dicen las cifras oficiales —respondió con tristeza—. Mamá está trabajando, se supone. No sabemos nada más.
—¿Y para esto nos hemos jugado la vida? Bua —soltó bufando de malas maneras.
—Eres despreciable, hermana. Solo me faltaba oír tus quejas y burlas infantiles. Tenía que haberme ido sin ti, dejando que murieses de hambre en casa, ¿a que sí?
—Mejor dejad de… —Fen frenó sus palabras y indicó silencio con su dedo en el labio.

Unos ladridos fueron emitidos en la lejanía y con ellos vinieron unas peligrosas luces. Había que proseguir la huida, les habían seguido la pista.

—Hay que huir. Rápido —finalizó Fen.
—Es en esa dirección. Tenemos que correr toda la noche hasta que no podamos más. Al amanecer buscaremos refugio o nos subiremos a un árbol para despistarles. ¡Vamos!

Los tres huyeron despavoridos. Los ojos se habían hecho a la negrura del bosque pero era muy difícil correr sin chocarse con ramas o tropezar. La sensación de que les cercaban cada vez más era agobiante y no paraba de atenazar al portador de ella. Al menos, el trío corría motivado por salvarse de una estancia en la cárcel o algo peor. Aquello influía positivamente. Se desprendieron hasta de las mascarilas y los trajes en cuanto pudieron. En una furtiva ojeada hacía atrás, Hua no consiguió evitar una raíz y su tobillo derecho se torció a consecuencia del mal apoyo. Pudo oir un chasquido y su cuerpo fue vapuleado por el suelo. Sus acompañantes se dieron cuenta por el gemido de dolor que emitió y pararon a auxiliarla.

—Oh no. ¿Hua estás bien? —preguntó Fen con inquietud plena, ayudándola a levantarse.
—Ahhh —chilló de dolor al intentar apoyar—. Ay, que mal.
—¿Puedes? Yo te llevó sino, venga. Vamos.
—No. No puedo, no.
—Sube en mi espalda.

Allí se acopló Hua, con dolor insoportable y ardiente en el tobillo. Mei trotaba por delante, avisando de los obstáculos del suelo. Faltaba poco para que el sol saliese y se iba iluminando el cielo. Los ladridos de perro podían oírse y cada vez más cercanos. Fen trataba de ir lo más rápido posible pero le era muy complicado y el cansancio conquistaba su cuerpo. A este paso no llegarían a ningún lado y Hua lo sabía. Ella había sido valiente preparando el plan y había que ser más valerosa para admitir que fracasaría si no se tomaban medidas.

—Fen. Fen. —le llamó Hua—. Para. Para.
—Vale. —Fen la dejó en el suelo y trató de llenar de aire sus pulmones y descansar su espalda, siempre con sus ojos puestos en su estela.
—Yo hice este plan, ¿verdad? Una pena que haya salido mal. Siempre hay inconvenientes inesperados como este tobillo —. Hua se quitó el calzado deportivo y suspiró al ver su tobillo hinchando con una bola de inflamación.
—Aún hay esperanza. No nos han cogido. Tenemos que buscar un escondite —dijo el hombre intentando animar.
—Conmigo no se conseguirá el éxito. Dejadme aquí. Yo intentaré esconderme. Si me pillan, ya tendrán lo que buscan y vosotros podréis huir —dijo con dolor físico y espiritual—. Tienes todos los datos de la cuenta y la dirección de la abuela y todo controlado, ¿verdad, hermana?
—Sí —contestó con la mirada perdida y desenfocada. Se acercó a ella y la cogió de la mano—… Hermana…
—Iros. Ya me las apañaré yo —dijo levantándose a duras penas y sacando un par de botellas de agua que cedió a Mei—. Cuida de mi hermana, Fen. Cuídala como si fuera tu propia vida, por favor. Eres una gran persona. Y ahora, largaos. Yo me las apañaré y nos veremos cuando todo esto haya acabado. Iros de una vez.

No hubo casi despedida. Las luces y los perros se acercaban, no había tiempo. Además, a nadie de los presentes les gustaban las despedidas y tenían el fatal presentimiento de que esta podía ser para siempre.




ACTO 7. Huida (II)



07:18, 10 de Febrero 2020.
26 kilómetros a las afueras de Wuhan, China.

Mei y Fen divisaron un gran lago impidiendo su paso. Bonito obstáculo. Estaban fatigados, con las piernas agotadas y acalambradas. Habían hecho un par de descansos obligados para hidratarse y comer tras perder a Hua. De hecho, una vez que dejaron a la pobre lesionada los ladridos de perro desaparecieron al igual que los que les seguían la pista.

—Hay que dar un rodeo —dijo Fen, sentándose con la espalda apoyada en un árbol—. Eso nos desviará de la dirección indicada, después espero que podamos encontrar el camino a Donggouzhen de nuevo. ¿Qué tal es tu orientación?
—Yo me oriento bien en centros comerciales, no en el bosque —contestó la gemela menor—. Al menos parece que ya no somos perseguidos. Aunque no deberíamos relajarnos.
—Sí —afirmó Fen cerrando los ojos con cansancio.
—¿Hemos hecho bien? ¿Tú que crees?
—Sí. Hemos hecho bien.
—Pues yo no pienso así. Hua nos ha llevado a un plan suicida. Y además ahora no está aquí para ayudarnos, dejándonos solos. Tengo problemas en mi relación con la abuela y estamos perdidos en medio del bosque y ella detenida y quien sabe en que estado. Mamá se puso histérica y nos mandó huir de casa como si estuviésemos en una guerra. ¡Pero que desfachatez!
—No hables así de las personas que te quieren y buscaban tu protección. De verdad que no sabes lo que estás diciendo. Te arrepentirás de tus comentarios.
—Esto es una pesadilla. ¿Estamos viviendo realmente estos hechos, Fen? Quiero despertarme —dijo temblando y las lágrimas empezaron a caer por sus pómulos.




07:20, 10 de Febrero 2020.
Camión de reclusión policial, Wuhan, China.

El camión policial frenó de golpe arrebatando a Hua de su sueño. Este no estaba siendo plácido. Unas largas manos negras le agarraban del pelo y la cogían su cuerpo impidiéndole el movimiento. Estaba exhausta y las esposas le apretaban. Su tobillo derecho era una bola y al quedarse frío estaba siendo un dolor insoportable. Las puertas se abrieron y la luz del sol le golpeó el rostro deslumbrándola.

—Abajo. Venga —pronunció inquisitivo el policía. Lucía el brazalete rojo y llevaba una mascarilla con filtro.
—No puedo caminar. Me he partido el tobillo.
—Tonterías. Muévete. —El tono en que lo ordenó hizo que Hua forzase su pie y bajó del camión resoplando y aguantando estoicamente.

Las fuerzas de seguridad iban armadas con rifles de asalto y pistolas, muchos de ellos llevaban un chubasquero médico y ninguno enseñaba su nariz y boca. Ataron las manos de Hua a una cuerda a la que integraron a otros disidentes o condenados. Los pusieron en una larga fila, y les instaron a caminar en orden como si fuesen presos o esclavos de épocas pasadas. Ubicaron a Hua en el último lugar, lastrada por su lesión, para que no aminorara el ritmo más. Ella caminaba arrastrando el pie y tratando de no apoyar. Apretando sus dientes sufría en silencio y no solo físicamente.

—¿Dónde ha quedado vuestra humanidad con el pueblo, camaradas? —gritó un hombre de mediana edad, entrado en kilos. Nadie le respondió—. ¿No os da vergüenza tratar así a vuestros compatriotas? Esto es inhumano. Nos tratáis como a escoria. Pero no es vuestra culpa, sino de los mandatarios. ¿Y dónde están ellos, eh? No les veo en primera línea jugándose la vida como vosotros, luchando contra el virus. Entiendo que haya que cumplir órdenes estrictas… Pero tratarnos como a perros sarnosos es una vergüenza y un deshonor del que no os recuperareis jamás.
—¡Cállate de una vez o te arrepentirás! —aulló el oficial acercándose con una porra.
—¿Arrepentirme? ¿De qué? —gritó el hombre indignado y frenándose, parando la marcha de la fila de reos— ¡Ja ja ja! ¿Tienes idea de lo que estás hablando? Primero fue mi anciano padre, después contrajo la enfermedad mi hija y mi mujer. Ambas fallecieron por esa plaga infernal en mi casa sin que pudiésemos salir y no me dejasteis ni darles un entierro digno, ni despedirme de ellas. Yo no me arrepiento de nada de lo que hice, lo volvería a hacer mil veces. Y así os lo digo. Se supone que debéis ayudar y solamente estáis matando al pueblo. Traidores desleales. Yo os maldigo —finalizó escupiendo en los pies de la autoridad.
—Sacadle de la fila. Apartadle de mi vista.
—El karma os vendrá a visitar. Sois culpables y cómplices de la masacre de vuestro propio pueblo. No sois comunistas, sois escoria. ¿Qué diría Mao de esto, escorias? Ni tenéis la decencia de ayudar a una pobre chica que va arrastrándose con un tobillo roto. ¡No tenéis dignidad! ¡No la conocéis!—decía el hombre mientras se lo llevaban a rastras entre cuatro.

La marcha se reanudó con Hua repitiéndose las palabras de aquel señor en su cabeza. Había que estar loco o no tener nada que perder para lo que había hecho. Le entraron ganas de llorar de nuevo. La situación era crítica y el dolor le hacía mella. Un policía se acercó a ella y la cogió la mano, pasó esta por su espalda y la apoyó en su hombro ayudando a la lesionada a caminar. A veces las palabras son el arma más potente.




13:22, 12 de Febrero 2020.
Ubicación desconocida entre Wuhan y Donggouzhen, China.

Llevaban casi dos días de travesía a ciegas por el bosque cuando al fin encontraron una carretera comarcal. El vadeo del lago les había desplazado muy lejos y habían perdido totalmente la orientación. El agua y las provisiones empezaban a disminuir a la pareja de caminantes, que andaban sin rumbo y con ampollas en los pies. Aunque la intención y la motivación seguía estando en alza tras haber escapado de la ciudad infectada y en cuarentena.

Guiaron sus pasos por el arcén de la carretera esperando encontrar algún vehículo que pudiese transportarles a su destino, sin pensar demasiado en que podía venir la policía o algún delator. No obstante, tras una hora de caminata no sonó el más mínimo sonido de motor con lo que pararon a esperar en un tronco de árbol cortado.

—¡Oigo un coche, Fen! ¡Despierta!
—¿Seguro? Antes dijiste lo mismo y eran imaginaciones.
—No, no. Escucha. Viene.
—Brrr… —sonaba en la lejanía. Los dos caminantes esperaron en el arcén y vieron a una camioneta roja destartalada. La frenaron haciéndole gestos.
—Perdone, perdone —dijo Fen con respeto—. ¿Nos podría hacer el favor de ayudar?
—¿Qué deseáis, jóvenes? —contestó el conductor ya entrado en edad, su acompañante femenina iba en el asiento contiguo.
—Necesitamos que nos acerquen a un lugar, nos hemos perdido.
—Muy bien ¿A dónde queréis ir? ¿Y de donde venís? Se os ve destrozados.
—Queremos ir a Donggouzhen —se adelantó Mei con rapidez, deseando que les recogiesen—. Venimos de Wuhan.
—¿De Wuhan? ¿De verdad? —preguntó el señor asustado, tras ello subió la ventanilla—. Ni se os ocurra acercaros, infectados.
—Pero, por favor. No —rogó la chica.
—No os llevaré a ningún lado y bastante suerte tenéis de que no os venderé a los oficiales. Por favor, que temerarios. ¿No sabéis que tenéis que estar en cuarentena? No os importa la salud nacional. —El bólido arrancó dejando una estela de humo denso sin que pudiese haber réplica.
—Para la próxima vez, usaremos otra táctica —dijo Fen desmoralizado.

No pasó otro coche hasta unas horas después. Esta vez aprendieron de la lección y mintieron descaradamente acerca de todo su pasado. Les dejaron en un pueblo cercano a Donggouzhen y desde allí pusieron dirección a casa de la abuela. Mei se encontraba satisfecha por estar tan cerca de su escondite pero algo le preocupaba más de lo normal.




13:31, 12 de Febrero 2020.
Centro de reclusión zona Este, Wuhan, China.

Entre cuatro paredes de plástico y en unos mínimos metros cuadrados era donde Hua había pasado sus últimas 48 horas. Tenía un colchón en el suelo, una ventana con rejas y un W.C. Ni siquiera le habían atendido por su tobillo que seguía dolorido aunque el reposo le estaba siendo beneficioso. Le habían traído comida un par de veces al día que era suministrada por una rendija de la puerta. El recinto en la zona oeste contaba con múltiples casetas como la suya donde recluían a la gente que desobedecía.

La puerta del zulo se abría por primera vez desde su estancia y dio paso a una mujer esbelta con uniforme condecorado, con botas y gorro elegantes. Llevaba guantes y mascarilla como era habitual en el país en aquellos tiempos.

—Buenos días —dijo haciendo una pequeña reverencia—. Soy Lian Wen, agente especial. Supongo que sabe por que motivo está aquí confinada, señorita Hua Zhenyi, ¿verdad?
—¿Por intentar marcharme de la ciudad? —preguntó intrigada.
—En parte sí. Está encerrada por atentar contra la salud nacional del país desobedeciendo órdenes de máxima prioridad e importancia. Incurriendo así en delitos contra la seguridad pública. Además de eso, se entrometió en un área prohibida y confidencial, exponiéndose al virus en su mayor fase de peligrosidad. —Hua no respondió—. Mi visita aquí es para informarle de que su reclusión será como mínimo de tres meses, hasta que la situación esté bajo control. Después podrás reintegrarte a la sociedad, siempre que muestres buen comportamiento e intención. También me gustaría que me respondieses a unas preguntas. —Sacó una fotografía de su bolsillo y se la mostró a Hua—. ¿Es ese el hombre con el que entraste en el hospital?
—Sí. Es él —mintió Hua fingiendo aflicción. La foto no era de Fen—. ¿Le ha pasado algo?
—Encontramos su cuerpo despeñado en un precipicio cerca del bosque donde te capturamos a ti. —Hua reaccionó con una mueca mientras la otra mujer le observaba—. Lo siento. Fue un acto estupido intentar escapar, un acto arriesgado y temerario. Por ello debes cumplir esta pena. Tendrás tiempo de reflexión y tras cumplir tu pena serás puesta en libertad de nuevo. Con todo esta pandemia ya solucionada. ¿Entendido? ¿Necesitas algo?
—Pues... —Fen pensaba, la pregunta le pilló de improvisto—. Estaría bien poder tener algún libro para pasar el rato. Y algún medicamento para mi tobillo, si fueseis tan amables, por favor. Estoy muy arrepentida.
—Muy bien. Veré lo que puedo hacer —finalizó con una indescifrable sonrisa.

Lian Wen no quería investigar ni saber nada sobre una pobre mujer que intentaba escapar de la locura reinante en Wuhan. Ella quería culpables, culpables de verdad, y el pueblo no era culpable. Lian hubiese tratado de hacer lo mejor para proteger a su familia y posiblemente huir hubiese sido la opción. Por ello, no preguntó nada a Hua sobre su hermana o su madre, evitando esos temas y le añadió un falso cómplice de crimen que estaba ya fallecido para que el caso quedase cerrado y no hubiese más preguntas. Lo último que necesitaba China era apalear a las víctimas civiles más que el Covid-19.




10:21, 14 de Febrero 2020.
Casa de la abuela Zhenyi, Donggouzhen, China.

Por fin avistaron la casa, fue como ver un espejismo, no podían creerlo. Tras unos días de fatiga podrían descansar y llevar a cabo la última parte de su misión. Aunque no podían relajarse, el régimen chino tenía ojos en todas partes. Llamaron al timbre, intentando pasar lo más desapercibidos posibles y eso parecieron conseguir por que ningún vecino les puso el ojo encima. La espera hasta que la abuela Zhenyi abrió la puerta fue tan larga que en varios ocasiones creyeron que no estaba en casa o se habían equivocado causándoles gran incertidumbre.

—¿Pero qué tenemos aquí? —preguntó con ironía, poniéndose las gafas y enfocando. La abuela Zhenyi tenía 92 años y sus movimientos eran frágiles y torpes.
—Abuela, soy yo —dijo Mei con una sonrisa de oreja a oreja en su sucio rostro lleno de polvo—. Vengo con un amigo, necesitamos que nos acojas. Mamá nos lo ha dicho.
—¡Vaya! ¡Qué grata sorpresa, Hua! Mi nieta favorita, que bueno verte. Así que has venido a visitarme por orden de mi hija. Ella si que no se interesa por mí. Lleva sin llamarme muchos días, ni le importo. Y este será tu novio, ¿verdad? Parece un chico muy majo. Pasad, pasad.

 Fen y Mei se miraron con cara de circunstancias. La abuela no reconocía a que gemela estaba saludando y aquello era un lío para Mei que no se llevaba nada bien con la anfitriona. Mientras tanto, la abuela seguía parloteando sin reparo, bien contenta, parecía abstraída de lo que ocurría a 50 kilómetros de allí. No sabían si eso era buena o mala señal.

Cuando pasó la euforia inicial de la señora mayor, los jóvenes le explicaron la situación real de Wuhan y como habían hecho para salir de la ciudad. Esto entristeció mucho a la anciana que no pudo evitar reflejar su pesar en el rostro lleno de arrugas. Mei no quiso darle una decepción mayor y ocultó su identidad haciéndose pasar por su gemela, así ayudaba a la abuela y no la deprimiría más. Ella no lo consideraba una mentira o una farsa la suplantación de identidad, al contrario creía que el deseo de su abuela era ese y ella lo cumpliría sin importarle.




4 meses más tarde.

Hua fue liberada de su celda de aislamiento por sus delitos contra la salud pública. Al volver a su piso de Wuhan, su madre y su padre le esperaban allí en cuarentena tras haber superado la enfermedad, en el caso de su madre dos veces. El gobierno chino impuso una formación obligatoria de las leyes chinas a Hua y le propuso la opción de entrar en la administración estatal superando un examen. No pudieron agarrar a la otra hermana que consiguió el objetivo de huir a Vietnam y de allí emigró con Fen a Singapur, donde residían los padres de este. Fen y Mei se comprometieron en matrimonio meses después de su éxodo y se establecieron en la propia Singapur, ninguno tenía la intención de volver a China. Hua regresó a ver a su abuela y le contó la historia verdadera. La abuela respondió que, obviamente, lo sabía desde el principio. Por muy parecidas que sean, ¿cómo no diferenciar a sus nietas? Sin embargo, haciendo el cambio de persona consiguió una gran mejoría en el comportamiento de la gemela menor.


domingo, 23 de febrero de 2020

ACTO 5. Medidas drásticas.

13:12, 18 de Febrero de 2020.
Sede Instituto Pasteur, París, Francia.

Toda la junta estaba reunida casi al completo para tratar el tema más importante del último mes y, probablemente, el tema más importante del año, el COVID-19. Los científicos internacionales más reputados del instituto que portaba el nombre del famoso bacteriólogo y químico francés tomaron asiento en la sala principal y privada donde se iba a anunciar una noticia de suma envergadura.

—Buenos días a todos y todas las presentes en esta reunión extraordinaria —dijo el doctor Le Jeaune al micro con marcado acento francés en el idioma más internacional—. Estamos muy ocupados y también preocupados y consternados por las noticias que nos están llegando de China. Allí están luchando contra un nuevo virus nunca antes visto en la naturaleza, el COVID-19. Desde que conseguimos muestras de tal virus hemos estado, incesablemente y sin descanso, buscando una vacuna para defender a la población mundial contra este peligro. Tengo que darles la información de que no podremos obtenerla en un periodo menor al de los 18 meses. —Unos murmullos hicieron callar al hombre del escenario, que esperó hasta que cesaron—. Sí, ya sabemos que es mucho tiempo y que el escenario mundial puede volverse mucho peor en todo ese periodo. Como mucho podríamos rebajar en unos meses el plazo, no obstante, no podemos asegurar nada y seguiremos trabajando con todo nuestro empeño en lograr una solución.

Los doctores y científicas asistentes cuchichearon mientras Le Jeaune se explayaba con el tema y contaba diferentes características e informaciones relevantes de diferentes tipos acerca del virus. La sala volvió a prestar atención cuando parecía llegar al punto final.

—Muchas gracias a todos y todas por su asistencia. Y para acabar, como punto final, y aunque no sea necesario esta puntilla, he de decir que el virus no es de origen natural. —Una exclamación inundó la sala—. Ha sido genéticamente modificado por el ser humano, no cabe ninguna duda. Esto implica una mayor fuerza para luchar contra él. Una mutación del propio podría ser de dimensiones catastróficas.



18:00, 16 Febrero de 2020.
Sala de vigilancia municipal central del CCP, Harbin, China.

El oficial al cargo de la ciudad había recibido unas órdenes de primordial necesidad de parte de los más altos mandos del partido. Medidas drásticas. Él las miraba atónito, pensando que eran un poco exageradas, sobre todo los castigos ejemplares. Atar a personas sin mascarillas a las columnas y transportarles en cajas como a perros con dirección a centros de cuarentena era vejatorio, aunque alguna sanción era mucho más cruel. ¿Pero que podía hacer él más que obedecer y ejecutar tal y como le habían mandado? Era una marioneta que se movía dominada por las cuerdas que controlaban los altos cargos. Encendió la radiofonía de la ciudad, tras darle un largo trago a su botella de agua.

—Queridos ciudadanos, les recordamos que es obligatorio recluirse en sus casas bajo aislamiento físico. Por favor, cooperen. Esta terminantemente prohibido abandonar sus hogares sin la expresa autorización del oficial al cargo de su zona de residencia. Es muy importante seguir estas normas y tomar medidas de precaución para detener la propagación de la enfermedad. Recuerden, su cooperación es esencial. Por favor, si tienen dudas contacten con el oficial al mando. Protegeos a vosotros mismos, ciudadanos. Cooperen, por favor. Ánimo y fuerza.

Tras cortar la emisión, imprimió una hoja llena de nombres, apellidos y sus respectivas direcciones. Al lado de estos ponía el delito del que se les acusaba a aquellos desafortunados. Le dio el acusatorio papel a su secretaria para que el brazo armado policial actuase como determinaban las nuevas normas de la ley marcial establecida. No podía haber fisuras y el PCC no podía ser flexible.





11:34, 18 de Febrero 2020.
Autopista de salida principal, Xiaogan, China.

Los furgones policiales hicieron aparición. Una larga fila de cincuenta vehículos negros como el carbón con sus sirenas esperando para aullar. Se detuvieron en mitad de la gran autopista de ocho carriles. Millares de coches querían abandonar la ciudad y se vieron interrumpidos e imposibilitados. El capitán se bajó del camión y comenzó a hacer gestos a los vehículos. Tenían que dar la vuelta. Nadie podía salir de la ciudad. Aunque quisiesen un muro de furgones blindados expresaba firmemente que era misión imposible.

La comitiva policial fue cortando todas las salidas y vallándolas, poniendo en ellas un improvisado control férreo. Hubo un par de casos de gente que intentaba la huida a la desesperada pero un porcentaje muy bajo tenía éxito. La probabilidad alta era acabar con tus huesos en la cárcel, herido gravemente o incluso fallecido, como ocurrió en la salida norte donde el conductor recibió dos disparos que iban dirigidos a las ruedas. El capitán se congratulaba de que la “Operación Cerrojo” estuviese saliendo tan bien. La población china estaba bastante atemorizada y calmada, sin ánimos belicosos o revolucionarios. Mejor no preguntarse como actuaría él estando en el otro bando.

5 horas después.

El capitán desembarcó con semblante recio en la plaza principal de la ciudad con una gran cantidad de unidades armadas y bien equipadas para el apaleamiento. Más de un millar de personas se amontonaban formando una fila poco ordenada delante del único supermercado abierto. Habían sido advertidos en tres ocasiones por las autoridades que debían volver a sus casas de inmediato pero la muchedumbre no se quería retirar sin hacerse con sus provisiones tras haber estado horas haciendo cola en la fría calle. El sargento advirtió de nuevo con un megáfono sin efecto disuasorio alguno. La gente no se iba a mover y empezó a abuchear a las fuerzas del estado.

Esas acciones provocadoras de la gente, cambiaron el chip del capitán de la policía de Xiaogan. La gente era avariciosa y egoísta. Rompiendo la cuarentena de tal modo ponían en peligro a toda la población y además increpaban a los que les querían proteger. El capitán se puso su casco de protección, cogió el escudo transparente y asió su porra con fuerza. Se giró para mirar a su cabo de frente.

—Cabo. Vamos a cargar contra los civiles. Disparen los botes de humo primero y, a continuación, las pelotas de goma. Cargaremos las cuatro primeras patrullas, dos más de refuerzo y dos más de apoyo. Esto no puede permitirse —apuntilló asqueado—. A mi señal, fuego a discreción.




13:56, 20 de Febrero 2020.
Helicóptero de combate del ejercito chino, Cielo de Wuhan, China.

Las hélices cortaban el aire y realizaban un relajante sonido para la pareja de militares chinos, Quing y Lei, ya acostumbrados a estos trayectos. Uno de ellos se mecía medio dormido al vaivén del helicóptero cuando le despertó su colega.

—¿Has visto que bien luce Wuhan sin contaminación? —le preguntó dándole dos golpes para despertarle.
—Sí, sí. Aunque no luce tan bien sin personas en sus calles. Que desgracia.
—Este maldito virus es el que lo ha provocado todo…
—Es imposible pensar que las cifras oficiales sean las verdaderas. 2.000 muertos no podrían provocar este lío y subir al máximo el nivel de alarma. ¿No crees?
—Sí. Y también creo que no podemos decir en alto eso que acabas de decir, amigo.
—No nos entienden estos médicos extranjeros —dijo ojeando de manera furtiva a los tres médicos foráneos que viajaban con ellos.
—Yo te lo digo por quien sí que pueda entendernos —susurró preocupado—. Está claro que es algo más grave de lo que nos dicen cuando dejan entrar al epicentro del problema a un medico americano, a una japonesa y a otro ruso, entre otros extranjeros. Debe ser algo muy grave para que el PCC haya caído tan bajo de hacer esto.

Aterrizaron en el improvisado helipuerto del campamento militar a las afueras de Wuhan. Miles de soldados residían en las tiendas de campaña verdes militar y el ajetreo era intenso. Dejaron a los médicos en la tienda principal donde estaba el general mayor del ejército y les asignaron sus nuevos domicilios. Una litera en una poblada tienda donde el barro en el suelo era abundante y el olor húmedo y cargado.

Tras dos días aburridos, llenos de juegos, apuestas y limpieza, les tocó a ambos entrar en la ciudad fantasma de lleno. Los dos primeros días estuvieron en la zona norte repartiendo comida y agua por los bloques de pisos que estaban cerrados a cal y canto. El tercer día, ayudaron con la fumigación de un extraño producto desinfectante desde unos modernos camiones. A la semana de servicio en Wuhan les llegó una noticia que no les gustó en absoluto, tanto por su riesgo como por su tarea. Les tocaría estar en uno de los hospitales recién construidos actuando como médicos, profesión de la cual no tenían ni idea. No era ese el problema, ellos tampoco debían hacer mucho. Los pacientes estaban condenados y solamente debían hacer acto de presencia, desempeñar un papel como en el teatro. Para su desgracia, los actores de este teatro estaban haciendo escenas de alto riesgo entre tanto infectado y ninguno se apuntó para ello al ejército. De todos modos podían estar agradecidos porque había tareas mucho peores que les podían haber tocado.




23 de Febrero de 2020.
Datos “oficiales” actualizados.

China: 77.000 infectados, 2.442 fallecidos. Xi Jinping asegura que el país se enfrenta a la crisis sanitaria más grande desde 1949.

Corea del Sur: 556 contagiados. Nivel máximo de alerta.

Italia: 151 contagiados. Cancelan el carnaval de Venecia, pequeñas localidades en cuarentena.

Irán: 28 casos y 5 fallecidos. Cierre de escuelas y universidades. También fronteras internacionales.

España: 0 casos en territorio peninsular. Cancelación del Mobile World Congress.

¿Alarmismo? ¿Psicosis? ¿Conspiraciones?

¿Verdad?
O
¿Mentira?

ACTO 8. Conclusiones.

00:44, 26 de Febrero 2020. Paseo del Huangpu River Binjiang Avenue, Shanghai, China. La vista desde la ribera del río que partía en d...