martes, 3 de marzo de 2020

ACTO 6 y 7. Huida.

ACTO 6. Huida.


01:45, 10 de Febrero 2020.
Bloque de pisos en cuarentena, Wuhan, China.

—Venga, ha llegado el momento —dijo Hua Zhenyi, la mayor de las gemelas por diferencia de una decena de minutos—. Es la hora.
—No estoy segura… —respondió Mei con cobardía—. No me atrevo. Sería mejor esperar y todo pasará. Me da miedo hacer esto…
—Hay que actuar. No podemos quedarnos a esperar. No nos queda comida suficiente. ¿Dónde está mamá? ¿Dónde está papá? Y ya sabes que pasó con la tía y los abuelos. No sabemos nada de ellos. Ya viste el último mensaje que nos envió mamá. Estaba muy clara la orden. Hay que irse.
—Pero los policías vigilan todo, si nos pillan —interrumpió el llanto su oración—… Tengo miedo. No quiero hacerlo, hermana. No.
—Ya no hay marcha atrás. Tenemos que ser valientes —finalizó abrochándose el traje médico hasta arriba y miró por la ventana. La caída era larga, 5 pisos. Hua estaba convencida de que no habría percances. Lo llamaba ley de la atracción—. Tú vas primero, hermana. Yo te indicaré desde arriba y una vez estés abajo me indicas tú.
—¿Cómo que yo primero? Ni hablar. No lo haré —soltó ofendida.
—No pienso bajar yo antes y que tú te quedes en casa llorando. Ya nos conocemos, hermana. Tú vienes conmigo.

 La pequeña de las gemelas, envuelta en su traje médico, bajó  por los aparatos de aire acondicionado con sutileza. Estos formaban, casualmente, una especie de escalera y con facilidad llegó hasta la terraza del segundo piso. Allí la operación se complicaba y la única alternativa era intentar bajar por el canalón del agua o lanzarse a alcanzar una rama un tanto alejada. Mei esperó a su hermana que llegó sin problemas a la terraza envuelta entre un manto de sombras nocturnas. Tomaron la opción del canalón.

En primer lugar fue Mei, obligada a descender. Su traje se enganchó en plena bajada y se rompió a la mitad, sin embargo, tuvo éxito en el aterrizaje. Hua se lamentó de no haber caído en la cuenta de que debían haberse puesto el uniforme médico una vez realizado el escape. Ella cumplió el objetivo con mayor pericia en un deslizamiento digno de bombera. Habían salido de su bloque, primer paso conseguido.




02:36, 10 de Febrero 2020.
Residencia de los Woo, Wuhan, China.

Llamaron al timbre con urgencia y sudando. Los trajes eran incómodos para correr y no permitían una buena transpiración. Habían evitado a cualquier cuerpo de seguridad de la ciudad y siendo rápidas se habían plantado en la casa de Fen, a las afueras. Sabían que su amigo podría ayudarlas, le necesitaban.

—¿Sí? —respondió el telefonillo.
—Fen, somos Hua y Mei. No sé si habrás visto el mensaje que te…
—Id a la verja de la parte de atrás del jardín, rápido.

En ese lugar les recibió Fen. Les invitó a pasar, pero ellas denegaron la oferta porque no querían saltar otra valla. Así que la conversación fue con una reja de por medio.

—Ya sabes cual es la situación, Fen. Es de máxima gravedad. Por ello necesitamos tu ayuda, venimos a pedírtela. Sé que no te podemos obligar a dárnosla pero sería esencial, Fen —pidió Hua con sinceridad. Ambos tenían una gran amistad desde pequeños y Hua sabía que él siempre había estado enamorado de ella. Aunque ahora se habían distanciado creía que así seguía siendo—. Mi madre me ha dicho que le habían trasladado a trabajar a un nuevo hospital, cerca de aquí. Quiero ir a buscarla. Quiero saber que es de ella, quiero saber que es de mi padre y de mi familia. Me temo lo peor, Fen. Lo presiento. No podemos seguir así. La comida se agota y estamos encerrados mientras el virus se expande por los bloque de pisos. Y peor todavía es ir a un hospital. No hay suministros, ni medicamentos. La situación es crítica.
—¿Y qué queréis que haga?
—Ven con nosotras.
—¿Adónde? —pregunto más confuso.
—Primero quiero despedirme de mi madre en el hospital. Luego huiremos a casa de mi abuela, está aislada en un pueblo pequeño. Nos podremos esconder allí hasta que contactemos con un intermediario que nos saque del país, dirección Vietnam. Como los que enviaban fuera a las niñas cuando estaba en vigor la política de un único hijo. Tengo todo el dinero de mis padres, me lo han dejado y me han dicho que salga de aquí cuanto antes. Y ya sabes que mi madre es médica, no está bromeando. Tus padres también están fuera de China, podrías reunirte con ellos, Fen. ¿Qué me dices?
—Me he quedado un poco desorientado —dijo desalentado—. Es una decisión que debería pensar y meditar. No puedo tomarla a la ligera.
—No hay tiempo, Fen. Lo siento. Necesito una respuesta. Nosotras ya hemos decidido. ¿Te quedas o te vienes?
—¿Dónde está la casa de tu abuela? —preguntó rascándose la barbilla, su cerebro planeaba.
—A unos 50 kms. Iremos por el bosque y no nos encontrarán. Tengo provisiones en la mochila.
—Yo tengo unas bicis que os podría dejar.
—¿Entonces no vienes?

Fen suspiró. Recordó que se había prometido ser valiente, que en su vida no había hecho ningún acto de heroicidad como sus personajes favoritos de cine o videojuegos. Vietnam…




03:23, 10 de Febrero 2020.
Nuevo hospital de Wuhan, China.

—Voy a intentar entrar por ese lado —dijo Hua en voz baja, escondida entre unos matorrales. La humedad le empapaba el traje. Señalaba a una puerta trasera que estaba sin vigilar.
—Está complicado —dijo Fen, aparentando normalidad—. ¿Por qué todo tan vigilado? Es un hospital. Parece una prisión más bien. No lo entiendo.
—Vamos a comprobarlo ahora —dijo decidida la gemela mayor.
—Yo no voy ni de casualidad —añadió la pequeña—. Tengo miedo. Aquí te espero.
—¿No quieres buscar a mamá? —preguntó ofendida.
—Lo que no quiero es ser detenida o morir.
—Yo te acompañaré —transmitió Fen orgulloso.
—Déjale el traje de médico, tú no lo necesitarás entonces, hermana.

Se movieron agiles entre la penumbra como gatos, llegando así a estar cercanos a la puerta trasera. Escondidos entre unos cubos de basura y un gran contenedor blanco portátil sospechoso analizaban su posición y siguientes pasos. Dos comandos de militares patrullaban los alrededores y el perímetro con pasividad y linternas. Esa pasividad se tornó a gritos alarmantes de improvisto. El corazón de los dos intrusos se volcó y quietos quedaron rezando por su salvación. Los halos de luces pasaron de largo y se dirigieron a la puerta principal donde gran alboroto se escuchaba. Aprovechando el jaleo, Hua y Fen se introdujeron en el hospital con cautela y rapidez.

Se adentraron en una sala alargada con luces de emergencia escasas y parpadeantes. El olor era repulsivo y hasta con mascarilla se podía mascar. Como guiado por una fuerza involuntaria, Fen encendió la luz y descubrió la macabra escena. Él tuvo una arcada tras un simple vistazo al panorama y se quedó en cuclillas tratando de reponerse. Hua alzaba la vista con incredulidad, sus temores y sospechas se hacían realidad. Debía encontrar a su madre.

—Joder. Joder —repetía Fen, recuperado del shock inicial que era ver una treintena de camillas en fila con cuerpos en bolsas y apilados—. ¿Qué diablos es esta mierda de enfermedad? ¿No era algo poco peligroso? ¿Qué coño pasa?
—Somos muchas personas y los servicios médicos han colapsado. Debe haber muchos infectados más de los que dicen. Vamos por allí.
—Joder. Esa bolsa se movía aún, joder. Fíjate en el pie. —Fen alucinaba con la cantidad de cuerpos, alguno tirado encima de otro e incluso pequeñas bolsas indicando el fallecimiento de niños.
—No tenemos tiempo, vamos —dijo Hua y abrió la puerta del final de la sala poco a poco con su ojo investigando por la pequeña ranura que iba creándose—. Adelante.

La sala contigua, en cambio, era pequeña, parecía una recepción. Contaba con unas sillas de madera a un lado y una mesa llena de papeles con un ordenador al otro. Hua se abalanzó al aparato electrónico y dirigió el ratón a solucionar sus dudas. Fen se acercó a ella e inspeccionó las hojas que se esparcían de modo caótico en la madera. Hua desbloqueó el PC y entró en varios programas de datos que podían darle la preciada información que buscaba.

—¿Sabes que dicen estos documentos? —añadió Fen conmovido—. Es increíble.
—No sé —contestó la mujer con su atención puesta en la pantalla.
—Son hojas de defunción. Hay muchísimas. Todas tienen otra hoja grapada. Una debe ser la oficial y la otra la real. La que tiene el sello del PCC es en la que pone que el paciente ha muerto por una causa diferente al virus. La otra es la que indica que el COVID-19 ha sido el responsable y en esta señala las fases del virus. Madre mía, esto es una locura, Hua. Una puta locura.
—No me sorprende. ¡Fen! Contraseña. Necesitamos una contraseña. ¡Mierda!
—¡Mierda! ¿Cómo demonios habéis entrado aquí? ¿Se puede saber que hacéis aquí? ¿Habéis perdido el juicio? —dijo una señora achaparrada y ancha con indumentaria de época de pandemia. La mascarilla no disimulaba su sorpresa por ver a los dos jóvenes.
—Ohh… —Fue el único sonido que puedo hacer Fen.
—Estoy buscando a mi madre y a mi familia. Ayúdenos, por favor. Mi madre es médica al igual que usted. Estoy muy preocupada por ella. Es la doctora Zhenyi. Por favor, le ruego que nos ayude por lo que más quiera.
—Esto no me lo puedo creer. ¿Cómo habéis entrado? ¿Habéis visto los cadáveres? ¿Qué estáis haciendo? Teníais que estar en vuestras casas en cuarentena.
—Íbamos camino a la muerte en la cuarentena —soltó Hua poniéndose de pie y acercándose a la mujer mayor— Solo queremos saber la información que te pido y nos vamos rápido. Por favor, ayúdeme. Tenga piedad. —Al concluir la frase, se arrodilló ante la médica.
—Vale. Vale. Te la daré y os vais por donde habéis venido como si no hubiese un mañana. Debéis huir cuanto antes.
—Quizás no lo haya… —dijo Fen en voz baja, mirando la foto de un hombre joven de los funestos documentos.




03:58, 10 de Febrero 2020.
Afueras del hospital de Wuhan, China.

Mei aguardaba a la llegada de los infiltrados con miedo y desconsuelo. Toda esta misión especial era un acto suicida de su hermana, siempre tan valiente. El gobierno obligaba y recomendaba a quedarse en casa y ella tenía que salir a curiosear en lugares prohibidos y vigilados. No quería, no le gustaba. Por mucho que su madre les hubiese dicho, ella quería quedarse en casa y cuando la enfermedad pasase todo volvería a ser normal. Pero no. Hay gente como Hua que no sabe esperar, que no tiene paciencia. Había momentos en los que sus grandes diferencias les hacían odiarse.

Acertó a ver sus dos figuras saliendo del edificio, iban corriendo en su dirección. Mei se levantó presta para la carrera y sin saludos o explicaciones empezaron a huir. Fen abría la marcha entre los arboles y la oscuridad del bosque. Tras 10 minutos de ritmo elevado, pararon debido a las quejas de Mei que no aguantaba el tirón.

—¿A qué viene tanta carrera? —preguntó sofocada y exhausta.
—Puede ser que nos hayan detectado en lo que hemos estado en el hospital. Había cámaras.
—Hemos visto cosas que no debíamos ver —añadió el hombre, recuperando el aliento.
—¿Qué habéis visto? ¿Y mamá?
—Había muchos cadáveres. Muchos más fallecidos e infectados de lo que dicen las cifras oficiales —respondió con tristeza—. Mamá está trabajando, se supone. No sabemos nada más.
—¿Y para esto nos hemos jugado la vida? Bua —soltó bufando de malas maneras.
—Eres despreciable, hermana. Solo me faltaba oír tus quejas y burlas infantiles. Tenía que haberme ido sin ti, dejando que murieses de hambre en casa, ¿a que sí?
—Mejor dejad de… —Fen frenó sus palabras y indicó silencio con su dedo en el labio.

Unos ladridos fueron emitidos en la lejanía y con ellos vinieron unas peligrosas luces. Había que proseguir la huida, les habían seguido la pista.

—Hay que huir. Rápido —finalizó Fen.
—Es en esa dirección. Tenemos que correr toda la noche hasta que no podamos más. Al amanecer buscaremos refugio o nos subiremos a un árbol para despistarles. ¡Vamos!

Los tres huyeron despavoridos. Los ojos se habían hecho a la negrura del bosque pero era muy difícil correr sin chocarse con ramas o tropezar. La sensación de que les cercaban cada vez más era agobiante y no paraba de atenazar al portador de ella. Al menos, el trío corría motivado por salvarse de una estancia en la cárcel o algo peor. Aquello influía positivamente. Se desprendieron hasta de las mascarilas y los trajes en cuanto pudieron. En una furtiva ojeada hacía atrás, Hua no consiguió evitar una raíz y su tobillo derecho se torció a consecuencia del mal apoyo. Pudo oir un chasquido y su cuerpo fue vapuleado por el suelo. Sus acompañantes se dieron cuenta por el gemido de dolor que emitió y pararon a auxiliarla.

—Oh no. ¿Hua estás bien? —preguntó Fen con inquietud plena, ayudándola a levantarse.
—Ahhh —chilló de dolor al intentar apoyar—. Ay, que mal.
—¿Puedes? Yo te llevó sino, venga. Vamos.
—No. No puedo, no.
—Sube en mi espalda.

Allí se acopló Hua, con dolor insoportable y ardiente en el tobillo. Mei trotaba por delante, avisando de los obstáculos del suelo. Faltaba poco para que el sol saliese y se iba iluminando el cielo. Los ladridos de perro podían oírse y cada vez más cercanos. Fen trataba de ir lo más rápido posible pero le era muy complicado y el cansancio conquistaba su cuerpo. A este paso no llegarían a ningún lado y Hua lo sabía. Ella había sido valiente preparando el plan y había que ser más valerosa para admitir que fracasaría si no se tomaban medidas.

—Fen. Fen. —le llamó Hua—. Para. Para.
—Vale. —Fen la dejó en el suelo y trató de llenar de aire sus pulmones y descansar su espalda, siempre con sus ojos puestos en su estela.
—Yo hice este plan, ¿verdad? Una pena que haya salido mal. Siempre hay inconvenientes inesperados como este tobillo —. Hua se quitó el calzado deportivo y suspiró al ver su tobillo hinchando con una bola de inflamación.
—Aún hay esperanza. No nos han cogido. Tenemos que buscar un escondite —dijo el hombre intentando animar.
—Conmigo no se conseguirá el éxito. Dejadme aquí. Yo intentaré esconderme. Si me pillan, ya tendrán lo que buscan y vosotros podréis huir —dijo con dolor físico y espiritual—. Tienes todos los datos de la cuenta y la dirección de la abuela y todo controlado, ¿verdad, hermana?
—Sí —contestó con la mirada perdida y desenfocada. Se acercó a ella y la cogió de la mano—… Hermana…
—Iros. Ya me las apañaré yo —dijo levantándose a duras penas y sacando un par de botellas de agua que cedió a Mei—. Cuida de mi hermana, Fen. Cuídala como si fuera tu propia vida, por favor. Eres una gran persona. Y ahora, largaos. Yo me las apañaré y nos veremos cuando todo esto haya acabado. Iros de una vez.

No hubo casi despedida. Las luces y los perros se acercaban, no había tiempo. Además, a nadie de los presentes les gustaban las despedidas y tenían el fatal presentimiento de que esta podía ser para siempre.




ACTO 7. Huida (II)



07:18, 10 de Febrero 2020.
26 kilómetros a las afueras de Wuhan, China.

Mei y Fen divisaron un gran lago impidiendo su paso. Bonito obstáculo. Estaban fatigados, con las piernas agotadas y acalambradas. Habían hecho un par de descansos obligados para hidratarse y comer tras perder a Hua. De hecho, una vez que dejaron a la pobre lesionada los ladridos de perro desaparecieron al igual que los que les seguían la pista.

—Hay que dar un rodeo —dijo Fen, sentándose con la espalda apoyada en un árbol—. Eso nos desviará de la dirección indicada, después espero que podamos encontrar el camino a Donggouzhen de nuevo. ¿Qué tal es tu orientación?
—Yo me oriento bien en centros comerciales, no en el bosque —contestó la gemela menor—. Al menos parece que ya no somos perseguidos. Aunque no deberíamos relajarnos.
—Sí —afirmó Fen cerrando los ojos con cansancio.
—¿Hemos hecho bien? ¿Tú que crees?
—Sí. Hemos hecho bien.
—Pues yo no pienso así. Hua nos ha llevado a un plan suicida. Y además ahora no está aquí para ayudarnos, dejándonos solos. Tengo problemas en mi relación con la abuela y estamos perdidos en medio del bosque y ella detenida y quien sabe en que estado. Mamá se puso histérica y nos mandó huir de casa como si estuviésemos en una guerra. ¡Pero que desfachatez!
—No hables así de las personas que te quieren y buscaban tu protección. De verdad que no sabes lo que estás diciendo. Te arrepentirás de tus comentarios.
—Esto es una pesadilla. ¿Estamos viviendo realmente estos hechos, Fen? Quiero despertarme —dijo temblando y las lágrimas empezaron a caer por sus pómulos.




07:20, 10 de Febrero 2020.
Camión de reclusión policial, Wuhan, China.

El camión policial frenó de golpe arrebatando a Hua de su sueño. Este no estaba siendo plácido. Unas largas manos negras le agarraban del pelo y la cogían su cuerpo impidiéndole el movimiento. Estaba exhausta y las esposas le apretaban. Su tobillo derecho era una bola y al quedarse frío estaba siendo un dolor insoportable. Las puertas se abrieron y la luz del sol le golpeó el rostro deslumbrándola.

—Abajo. Venga —pronunció inquisitivo el policía. Lucía el brazalete rojo y llevaba una mascarilla con filtro.
—No puedo caminar. Me he partido el tobillo.
—Tonterías. Muévete. —El tono en que lo ordenó hizo que Hua forzase su pie y bajó del camión resoplando y aguantando estoicamente.

Las fuerzas de seguridad iban armadas con rifles de asalto y pistolas, muchos de ellos llevaban un chubasquero médico y ninguno enseñaba su nariz y boca. Ataron las manos de Hua a una cuerda a la que integraron a otros disidentes o condenados. Los pusieron en una larga fila, y les instaron a caminar en orden como si fuesen presos o esclavos de épocas pasadas. Ubicaron a Hua en el último lugar, lastrada por su lesión, para que no aminorara el ritmo más. Ella caminaba arrastrando el pie y tratando de no apoyar. Apretando sus dientes sufría en silencio y no solo físicamente.

—¿Dónde ha quedado vuestra humanidad con el pueblo, camaradas? —gritó un hombre de mediana edad, entrado en kilos. Nadie le respondió—. ¿No os da vergüenza tratar así a vuestros compatriotas? Esto es inhumano. Nos tratáis como a escoria. Pero no es vuestra culpa, sino de los mandatarios. ¿Y dónde están ellos, eh? No les veo en primera línea jugándose la vida como vosotros, luchando contra el virus. Entiendo que haya que cumplir órdenes estrictas… Pero tratarnos como a perros sarnosos es una vergüenza y un deshonor del que no os recuperareis jamás.
—¡Cállate de una vez o te arrepentirás! —aulló el oficial acercándose con una porra.
—¿Arrepentirme? ¿De qué? —gritó el hombre indignado y frenándose, parando la marcha de la fila de reos— ¡Ja ja ja! ¿Tienes idea de lo que estás hablando? Primero fue mi anciano padre, después contrajo la enfermedad mi hija y mi mujer. Ambas fallecieron por esa plaga infernal en mi casa sin que pudiésemos salir y no me dejasteis ni darles un entierro digno, ni despedirme de ellas. Yo no me arrepiento de nada de lo que hice, lo volvería a hacer mil veces. Y así os lo digo. Se supone que debéis ayudar y solamente estáis matando al pueblo. Traidores desleales. Yo os maldigo —finalizó escupiendo en los pies de la autoridad.
—Sacadle de la fila. Apartadle de mi vista.
—El karma os vendrá a visitar. Sois culpables y cómplices de la masacre de vuestro propio pueblo. No sois comunistas, sois escoria. ¿Qué diría Mao de esto, escorias? Ni tenéis la decencia de ayudar a una pobre chica que va arrastrándose con un tobillo roto. ¡No tenéis dignidad! ¡No la conocéis!—decía el hombre mientras se lo llevaban a rastras entre cuatro.

La marcha se reanudó con Hua repitiéndose las palabras de aquel señor en su cabeza. Había que estar loco o no tener nada que perder para lo que había hecho. Le entraron ganas de llorar de nuevo. La situación era crítica y el dolor le hacía mella. Un policía se acercó a ella y la cogió la mano, pasó esta por su espalda y la apoyó en su hombro ayudando a la lesionada a caminar. A veces las palabras son el arma más potente.




13:22, 12 de Febrero 2020.
Ubicación desconocida entre Wuhan y Donggouzhen, China.

Llevaban casi dos días de travesía a ciegas por el bosque cuando al fin encontraron una carretera comarcal. El vadeo del lago les había desplazado muy lejos y habían perdido totalmente la orientación. El agua y las provisiones empezaban a disminuir a la pareja de caminantes, que andaban sin rumbo y con ampollas en los pies. Aunque la intención y la motivación seguía estando en alza tras haber escapado de la ciudad infectada y en cuarentena.

Guiaron sus pasos por el arcén de la carretera esperando encontrar algún vehículo que pudiese transportarles a su destino, sin pensar demasiado en que podía venir la policía o algún delator. No obstante, tras una hora de caminata no sonó el más mínimo sonido de motor con lo que pararon a esperar en un tronco de árbol cortado.

—¡Oigo un coche, Fen! ¡Despierta!
—¿Seguro? Antes dijiste lo mismo y eran imaginaciones.
—No, no. Escucha. Viene.
—Brrr… —sonaba en la lejanía. Los dos caminantes esperaron en el arcén y vieron a una camioneta roja destartalada. La frenaron haciéndole gestos.
—Perdone, perdone —dijo Fen con respeto—. ¿Nos podría hacer el favor de ayudar?
—¿Qué deseáis, jóvenes? —contestó el conductor ya entrado en edad, su acompañante femenina iba en el asiento contiguo.
—Necesitamos que nos acerquen a un lugar, nos hemos perdido.
—Muy bien ¿A dónde queréis ir? ¿Y de donde venís? Se os ve destrozados.
—Queremos ir a Donggouzhen —se adelantó Mei con rapidez, deseando que les recogiesen—. Venimos de Wuhan.
—¿De Wuhan? ¿De verdad? —preguntó el señor asustado, tras ello subió la ventanilla—. Ni se os ocurra acercaros, infectados.
—Pero, por favor. No —rogó la chica.
—No os llevaré a ningún lado y bastante suerte tenéis de que no os venderé a los oficiales. Por favor, que temerarios. ¿No sabéis que tenéis que estar en cuarentena? No os importa la salud nacional. —El bólido arrancó dejando una estela de humo denso sin que pudiese haber réplica.
—Para la próxima vez, usaremos otra táctica —dijo Fen desmoralizado.

No pasó otro coche hasta unas horas después. Esta vez aprendieron de la lección y mintieron descaradamente acerca de todo su pasado. Les dejaron en un pueblo cercano a Donggouzhen y desde allí pusieron dirección a casa de la abuela. Mei se encontraba satisfecha por estar tan cerca de su escondite pero algo le preocupaba más de lo normal.




13:31, 12 de Febrero 2020.
Centro de reclusión zona Este, Wuhan, China.

Entre cuatro paredes de plástico y en unos mínimos metros cuadrados era donde Hua había pasado sus últimas 48 horas. Tenía un colchón en el suelo, una ventana con rejas y un W.C. Ni siquiera le habían atendido por su tobillo que seguía dolorido aunque el reposo le estaba siendo beneficioso. Le habían traído comida un par de veces al día que era suministrada por una rendija de la puerta. El recinto en la zona oeste contaba con múltiples casetas como la suya donde recluían a la gente que desobedecía.

La puerta del zulo se abría por primera vez desde su estancia y dio paso a una mujer esbelta con uniforme condecorado, con botas y gorro elegantes. Llevaba guantes y mascarilla como era habitual en el país en aquellos tiempos.

—Buenos días —dijo haciendo una pequeña reverencia—. Soy Lian Wen, agente especial. Supongo que sabe por que motivo está aquí confinada, señorita Hua Zhenyi, ¿verdad?
—¿Por intentar marcharme de la ciudad? —preguntó intrigada.
—En parte sí. Está encerrada por atentar contra la salud nacional del país desobedeciendo órdenes de máxima prioridad e importancia. Incurriendo así en delitos contra la seguridad pública. Además de eso, se entrometió en un área prohibida y confidencial, exponiéndose al virus en su mayor fase de peligrosidad. —Hua no respondió—. Mi visita aquí es para informarle de que su reclusión será como mínimo de tres meses, hasta que la situación esté bajo control. Después podrás reintegrarte a la sociedad, siempre que muestres buen comportamiento e intención. También me gustaría que me respondieses a unas preguntas. —Sacó una fotografía de su bolsillo y se la mostró a Hua—. ¿Es ese el hombre con el que entraste en el hospital?
—Sí. Es él —mintió Hua fingiendo aflicción. La foto no era de Fen—. ¿Le ha pasado algo?
—Encontramos su cuerpo despeñado en un precipicio cerca del bosque donde te capturamos a ti. —Hua reaccionó con una mueca mientras la otra mujer le observaba—. Lo siento. Fue un acto estupido intentar escapar, un acto arriesgado y temerario. Por ello debes cumplir esta pena. Tendrás tiempo de reflexión y tras cumplir tu pena serás puesta en libertad de nuevo. Con todo esta pandemia ya solucionada. ¿Entendido? ¿Necesitas algo?
—Pues... —Fen pensaba, la pregunta le pilló de improvisto—. Estaría bien poder tener algún libro para pasar el rato. Y algún medicamento para mi tobillo, si fueseis tan amables, por favor. Estoy muy arrepentida.
—Muy bien. Veré lo que puedo hacer —finalizó con una indescifrable sonrisa.

Lian Wen no quería investigar ni saber nada sobre una pobre mujer que intentaba escapar de la locura reinante en Wuhan. Ella quería culpables, culpables de verdad, y el pueblo no era culpable. Lian hubiese tratado de hacer lo mejor para proteger a su familia y posiblemente huir hubiese sido la opción. Por ello, no preguntó nada a Hua sobre su hermana o su madre, evitando esos temas y le añadió un falso cómplice de crimen que estaba ya fallecido para que el caso quedase cerrado y no hubiese más preguntas. Lo último que necesitaba China era apalear a las víctimas civiles más que el Covid-19.




10:21, 14 de Febrero 2020.
Casa de la abuela Zhenyi, Donggouzhen, China.

Por fin avistaron la casa, fue como ver un espejismo, no podían creerlo. Tras unos días de fatiga podrían descansar y llevar a cabo la última parte de su misión. Aunque no podían relajarse, el régimen chino tenía ojos en todas partes. Llamaron al timbre, intentando pasar lo más desapercibidos posibles y eso parecieron conseguir por que ningún vecino les puso el ojo encima. La espera hasta que la abuela Zhenyi abrió la puerta fue tan larga que en varios ocasiones creyeron que no estaba en casa o se habían equivocado causándoles gran incertidumbre.

—¿Pero qué tenemos aquí? —preguntó con ironía, poniéndose las gafas y enfocando. La abuela Zhenyi tenía 92 años y sus movimientos eran frágiles y torpes.
—Abuela, soy yo —dijo Mei con una sonrisa de oreja a oreja en su sucio rostro lleno de polvo—. Vengo con un amigo, necesitamos que nos acojas. Mamá nos lo ha dicho.
—¡Vaya! ¡Qué grata sorpresa, Hua! Mi nieta favorita, que bueno verte. Así que has venido a visitarme por orden de mi hija. Ella si que no se interesa por mí. Lleva sin llamarme muchos días, ni le importo. Y este será tu novio, ¿verdad? Parece un chico muy majo. Pasad, pasad.

 Fen y Mei se miraron con cara de circunstancias. La abuela no reconocía a que gemela estaba saludando y aquello era un lío para Mei que no se llevaba nada bien con la anfitriona. Mientras tanto, la abuela seguía parloteando sin reparo, bien contenta, parecía abstraída de lo que ocurría a 50 kilómetros de allí. No sabían si eso era buena o mala señal.

Cuando pasó la euforia inicial de la señora mayor, los jóvenes le explicaron la situación real de Wuhan y como habían hecho para salir de la ciudad. Esto entristeció mucho a la anciana que no pudo evitar reflejar su pesar en el rostro lleno de arrugas. Mei no quiso darle una decepción mayor y ocultó su identidad haciéndose pasar por su gemela, así ayudaba a la abuela y no la deprimiría más. Ella no lo consideraba una mentira o una farsa la suplantación de identidad, al contrario creía que el deseo de su abuela era ese y ella lo cumpliría sin importarle.




4 meses más tarde.

Hua fue liberada de su celda de aislamiento por sus delitos contra la salud pública. Al volver a su piso de Wuhan, su madre y su padre le esperaban allí en cuarentena tras haber superado la enfermedad, en el caso de su madre dos veces. El gobierno chino impuso una formación obligatoria de las leyes chinas a Hua y le propuso la opción de entrar en la administración estatal superando un examen. No pudieron agarrar a la otra hermana que consiguió el objetivo de huir a Vietnam y de allí emigró con Fen a Singapur, donde residían los padres de este. Fen y Mei se comprometieron en matrimonio meses después de su éxodo y se establecieron en la propia Singapur, ninguno tenía la intención de volver a China. Hua regresó a ver a su abuela y le contó la historia verdadera. La abuela respondió que, obviamente, lo sabía desde el principio. Por muy parecidas que sean, ¿cómo no diferenciar a sus nietas? Sin embargo, haciendo el cambio de persona consiguió una gran mejoría en el comportamiento de la gemela menor.


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