jueves, 6 de febrero de 2020

ACTO 3. Organización Mundial de la Salud.


14:01, 18 Enero 2020.
22ª planta del Hotel ICON, Hong Kong.

—Ha sido un placer, amigos. Todo está perfecto. Espero que puedan paliar ese pequeño brote de 2019-nCoV cuanto antes y con las menores dificultades y costes. Estamos en contacto —despidió al hombre y la mujer que venían en representación de China a informarle sobre la situación del nuevo virus.
—Les enviaremos diariamente toda la nueva información. Muchas gracias a usted —dijo la joven mujer con su encanto asiático que tanto atraía a Martin.

Este volvió pensando, con una sonrisa esbozada, en la señorita Lian Wen. Pensando todo tipo de posturas sexuales que realizaría placenteramente con ella. Se sentó en la silla, un poco excitado, después haría una visita por los clubes nocturnos de la antigua colonia británica. Puso su vista sobre la webcam del ordenador americano y saludó con aprobación levantando el dedo gordo.

—Martin, ¿qué significa ese dedo? —preguntó desde la pantalla una mujer rubia con enfado.
—Que todo ha salido bien. La situación con ese coronavirus está controlada perfectamente por China —dijo convencido, la mente puesta en asiáticos cuerpos desnudos.
—Dios mío —contestó el ordenador echándose las manos a la cabeza—. Me creo antes los números que pronostican los conspiranoicos en Twitter que lo que acaba de decir esta gente. Qué el virus salió de un murciélago es la típica excusa. Venían con un discurso bien aprendido. La verdad es bien distinta. Por lo menos ha de ser diez veces peor de lo que dicen. Estoy segurísima.
—No tienen porque mentirnos a nosotros… Somos sus amigos, colaboraremos con ellos y les ayudaremos. No están mintiendo, este brote solo es un nuevo SARS.
—No me creo nada de nada. Cogeré un avión yo misma para ver con mis propios ojos la verdad de todo esto.
—Como tú quieras —contestó Martin, pensando en que podría haberle acompañado y así se ahorraría pagar por una mujer, como iba a hacer esta noche. Aunque ni por todo el oro del globo hubiera tenido éxito con su compañera suiza.

Anne Schaff no tardó en abandonar Ginebra, poniendo Pekín como destino. De la capital se dirigió a Wuhan, donde el 22 de Enero por la noche empezó su investigación en primera persona.




20:55, 24 de Enero 2020.
Cuartel General de la C.I.A., Estados Unidos de América, Ubicación secreta.

—Así que vamos a hacer caso a los chinos…
—Eso parece —contestó el compañero removiendo café. Ambos parados en frente de la máquina con caras largas, desganadas.
—Mmmm…
—Peores cosas hemos hecho.
—Sí.
—Esto evitará una histeria colectiva de cojones. Piénsalo. No hay peor enemigo para la sociedad que el miedo y el pánico descontrolado. Por eso es tan jodida una guerra biológica. Prefiero que me tiren un misil que se por donde viene.
—Sí, sí —sorbieron café al unísono.
—Evitará que se desplomen las bolsas, evitará que el miedo a morir por un virus asesino invisible inunde todo el mundo, evitará que la gente se ponga nerviosa y paranoica por la alarma bacteriológica, etcétera. Hasta quitará los aranceles por los que Trump inició la guerra comercial. China lo solucionará con su estricta cuarentena bajo el mandato de su régimen dictatorial, autoritario y represivo. Nosotros lo veremos desde casa tranquilitos. Y todo esto se consigue con un simple asesinato. Sencillo.
—¿Qué caro sale decir las verdades del mundo, eh?
—Díselo a Snowden o a Assange. ¡Que hijos de puta! Se creerán revolucionarios o algo por el estilo, ¿no crees?
—Digo yo. No lo he pensado nunca. Pero tarde o temprano la verdad sale a la luz, nada se puede esconder eternamente y, menos, desastres de esta magnitud. ¿Y esa tal Anne Schaff? ¿Crees que correrá la misma suerte?
—Los chinos le habrán amenazado y torturado tanto que dudo que diga lo que sabe. Si es que sale viva de esta, supongo que habrá comprendido que su vida es insignificante comparado a lo que hay en juego. Demasiado dinero en juego.
—Al final, lo mejor es vivir en la ignorancia.
—Y al principio.




23:39, 24 Enero 2020.
Gasolinera BP Km. 31, Cantón de Ginebra, Suiza.

El director ejecutivo australiano de la División de Cobertura Sanitaria Universal y Ciclo de Vida de la OMS, Peter Samala, se mostraba inquieto en la oscuridad del parking de la solitaria gasolinera a las afueras de Ginebra. Sentado dentro de su sedán, el corazón le latía como si estuviese practicando los 400 metros lisos. No le había dicho a nadie lo que iba a hacer, sabía que era peligroso. No obstante, estaba convencido de que el mundo debía saber la verdad acerca de la magnitud del virus desatado en Wuhan. Su colega Schaff le había enviado detalladamente toda la información pertinente para destapar la gran mentira que comunicaba el gobierno chino. Todo ello en un pendrive que podría cambiar el curso de la historia. Por eso había quedado en un sitio poco transitado con su contacto del Washington Post.

Un coche gris, Ford, le dio las luces largas. Era el contacto. Desplazó el vehículo y lo aparcó al lado derecho de donde estaba el del director de la OMS. Samala trató de reconocer la cara del periodista, en penumbra era difícil. Parecía llevar puesto un sombrero en la cabeza. Eso desubicó al australiano, que agudizó su vista hacia el lado diestro.

Mientras Peter estaba con todo su esfuerzo puesto en mirar si el contacto se decidía a realizar alguna acción, la puerta trasera izquierda de su propio coche se abrió de golpe y alguien entró apuntándole a la cabeza. El australiano no pudo verle la cara del asaltante, pudo sentir el miedo paralizando sus músculos y el silenciador apretándole en el cogote. El Ford abandonó la escena y el silencio era tan abrumador como el de un funeral.

—Hasta aquí he llegado, ¿verdad? —preguntó triste Peter Samala. No respondió el nuevo pasajero— Supongo que le manda el gobierno chino, ¿me equivoco?
—Ha acertado ambas preguntas. Pulse el botón del seguro. —Samala respiró hondo y obedeció.
—Que desgracia. Tenía un mal presentimiento pero nunca creí que tratar de contar lo que realmente está ocurriendo en China fuese a condenarme. El mundo debería saberlo.
—No te muevas o te vuelo la cabeza —amenazó por detrás. La voz tenía acento americano—. Ahí te equivocas. El mundo no está preparado para saber lo que ocurre en China. Cuantos menos sepa la gente, mejor. Todo podría desmoronarse de otro modo.
—¡Y se desmoronará si no lo advertimos! ¡Han desatado un virus mortal! Será una catástrofe mundial si no se informa como es debido.
—Ponga sus manos en el reposabrazos. —El hombre misterioso le ató con unas bridas.
—Hay que actuar, todos unidos.
—Y eso es lo que estamos haciendo.

Peter Samala notó un pinchazo proveniente de una jeringuilla introduciéndosele en el cuello. El frío liquido brotó por sus venas y empezó a marearse. Logró balbucear unas palabras más, incitando a la unión de países y a la comunicación de la verdad. Desconocía que los países estaban unidos en que la verdad no saliese a la luz. El señor Samala fue encontrado muerto de forma repentina e inesperada en su coche, aparcado cerca de su residencia en Ginebra.

La OMS siguió creyendo y confirmando los datos que China le proveía, siendo estos de tan solo 3.000 casos y 80 muertos el 27 de Enero. La OMS declaró el 31 de Enero, a petición de China, el brote como una emergencia de importancia internacional. Una semana más tarde los casos oficiales eran de 20.500 infectados con 425 fallecidos. También pidió un plan de financiación de 675 millones de dólares para luchar contra el coronavirus.





(Descanse en paz Peter Samala, fallecido de un ataque de corazón el 24 de Enero de 2020. Este capitulo es solo ficción, como lo es toda la historia del blog. https://www.who.int/news-room/detail/24-01-2020-who-mourns-passing-of-dr-peter-salama )

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