15;51, 4 de Febrero 2020.
Bloque de pisos zona cero, Wuhan, China.
La señora Chang miraba por la ventana de su casa. Desde
aquella octava altura podía ver una ambulancia parada en la entrada, azul y
rojo mostrándose a intervalos. El día era húmedo, nublado. Ella estaba triste y
sola. Veía su vida llegar al final y no quería hacerlo en solitario, de esta
manera.
Hace unas semanas que los infectados en Wuhan, epicentro del
coronavirus, habían sido obligados a aislarse y recluirse en cuarentena. Esa
medida era de vital importancia para detener la rampante propagación del virus.
Ella vivía con su marido de toda la vida y su perro. Ambos le habían sido
arrebatados de improvisto. Primero se quedaron sin material medico, luego sin
alimentos en la casa. Los oficiales del PCC no les dejaban salir sin las
medidas de precaución necesarias, es decir, con mascarilla. Ellos, ya entrados
en los setenta años de edad, confiaban en que sus familiares viniesen a
ayudarles, pero no pudieron contactar con los residentes en Wuhan y los que
estaban fuera no podían entrar a la ciudad ni queriendo.
La comida se acabó y el señor Chang comenzó a enfermar. No
debido al virus, debido a la escasez de víveres y la falta de sus medicinas
semanales, que no había podido adquirir por estar confinado y la farmacia
cerrada. Los oficiales de la policía vinieron a hacer los correspondientes
chequeos y confirmaron la fiebre del señor Chang. Acto seguido se lo llevaron a
un centro de cuarentena sin que nada se pudiese hacer al respecto. También se
llevaron al perro y dejaron sola a la anciana, sin una palabra de perdón o
disculpa.
¿Qué sentido tenía la vida para la anciana? Eso se
preguntaba ella, que abandonó su casa al día siguiente. Se entregó a los
oficiales diciendo que quería ir al mismo centro que su marido. Estos le
mostraron el camino y le dieron solo billete de ida. No obstante, eso no
importaba a la señora Chang que prefería acompañar a su marido como había hecho
desde que se conocieron, fuese cual fuese ese destino. En un polideportivo
atestado de camas y pacientes le encontró y pudo volver a sonreír.
…
05:12, 6 de Febrero 2020.
Planta 3 Hospital Principal Wuhan, China.
La enfermera se levantó de golpe tras haberse quedado
traspuesta. Había tenido una pesadilla, no obstante, la realidad que le golpeó
fue considerablemente peor. Se secó el sudor, se lavó las manos y se puso su
armadura de guerra para empezar otro día más de batalla. Todo el personal
estaba exhausto, destrozado física y mentalmente. La situación era insostenible,
una misión imposible pero no podían rendirse. Lucharían hasta el final,
lucharían hasta la victoria o hasta la muerte.
5 horas más tarde.
—¿Dónde está Chen? —dijo la enfermera. Agotada acudía a
desayunar y tomar un descanso reglamentario de 15 minutos.
—Se la han llevado —respondió su compañero apenado—. Se
desmayó y tenía fiebres. Se la ha llevado los hombres del gobierno…
—Oh no. —Se tomó su tiempo para continuar con un nudo
terrible en la garganta—. Esto es incontenible, ¿lo sabes, no? Esto se ha ido
de las manos al gobierno totalmente. Están mintiendo de forma descarada. ¿Sabes
cuantos he visto morir solo hoy con mis propios ojos? ¿Lo sabes?
—No, Tao. Seguro que tantos como yo, los cadáveres descansan
en los pasillos. Y no debes hablar así del gobierno, están en todos los lados
—susurró—, los nuevos médicos que han traído no tienen mucha idea de atender.
Son agentes creo. Aunque dicen que vienen refuerzos esta semana. 100.000
médicos de todo China para llenar los nuevos hospitales.
—Me da igual hablar fuerte. El pueblo se muere. No podemos
atender a todos. ¿Qué hacemos? Los siguientes en morir seremos nosotros. No hay
material. No hay habitaciones. Estamos atrapados, y no veo solución. Estamos
abarrotados. No sabemos ni como se transmite realmente el virus, ni cuales son
los síntomas. ¿Puedes explicarme tú a que se deben tantos infartos y
desvanecimientos estos días? Estamos condenados.
—¿Y qué quieres que hagamos? Este es nuestro deber. Nuestro
deber con nuestros hermanos y hermanas que luchan contra la enfermedad.
Nuestros compatriotas nos necesitan, nuestro país nos necesita. No podemos
dejarles morir.
—Estoy harta. Estoy cansada. No sé que es de mi familia. No
puedo más. Hay embarazadas infectadas, esto es una pesadilla. No tenemos
malditos kits para hacer test. Simplemente mandamos a morir a la gente a una
cama, con un medicamento que no vale para nada, si es que tienen suerte de
recibirlo.
—No desfallezcas, Tao. Luchemos contra todo. Luchemos por
salvar vidas. Cada vida cuenta, recuérdalo. No solo vale nuestra vida, cada
vida que salvemos cuenta y contará por todo el esfuerzo que estamos realizando.
No es en vano nada de lo que hacemos. ¡Ánimo!
Tao se levantó y siguió con su dura jornada de 18 horas ante
tal emergencia y desbordamiento sanitario. Los médicos y enfermeros chinos
luchaban día y noche contra el enemigo invisible del virus con una heroicidad
digna de película. Si no fuese por su sacrificio, por su sudor, sus lágrimas e
incluso sus vidas, muchas más victimas hubiesen sido incineradas.
…
22:31, 16 de Febrero 2020.
Habitación 832 del Crucero Diamond Princess, Puerto de
Yokohama, Japón.
Roman volvió a abrir la puerta desganado y con cara de pocos
amigos, los protegidos médicos, o camareros o el oficio que fuesen, le
ofrecieron la bandeja, le tomaron la temperatura y se fueron por donde habían
venido. El ucraniano destapó la cena y su cara se arrugó aún más cuando
descubrió pollo, otra vez. Tras una retahíla de maldiciones e insultos su mujer,
Alina, le mandó callar.
—Es que no me lo puedo creer. ¿Por qué tuvimos que venir
aquí? —Se quejaba amargamente el ucraniano—. No sé porque te hice caso. Vamos a
un crucero por Japón, será una gran experiencia… Ya lo veo. Llevamos varados
dos semanas en el puto puerto.
—Que fácil y que valiente es culparme a mí de un evento
cisne negro como este, además a posteriori. Así cualquiera. Podrías haberte
negado a venir a Japón por si había un terremoto y un tsunami y eso provocaba
una catástrofe nuclear. Es muy fácil predecir y dártelas de listo una vez ha
ocurrido algo.
—Como te gusta hablar con tus términos económicos sacados de
la universidad… Eso no va a cambiar que estamos totalmente atrapados en el
crucero de los infectados. ¿Cuántos van ya?
—Creo que 300 —respondió encendiendo la tele que pasaban
horas mirando.
—Sabes lo que creo. Que estamos aquí siendo una prueba
experimental. China está dando datos falsos, eso está claro. ¿Quién cierra un
país y pone en cuarentena a más de 100 millones de personas por unos 50.000
casos y mil muertes? Con lo que nosotros somos el primer experimento que tienen
los demás países para comprobar la propagación, síntomas y poder real del
virus. —Tosió un par de veces.
—Puede ser cierto. Tendría sentido — dijo preocupada por la
tos de su marido. Cambió de canal y el Titanic surgió en su esplendor.
—Oh, oh, deja esa peli, anda. ¿Vas a querer pollo?
…
20:00, 1 de Febrero 2020.
Residencia de los Woo en Fei’e Mountain, Wuhan, China.
El único hijo de los Woo, Fen, volvió al chalet cargado de
comida y de cualquier cosa útil para la cuarentena forzada que iba a realizar.
Trajo papel higiénico, jabón, medicamentos y las pocas mascarillas que pudo.
Estuvo 7 horas haciendo cola para comprarlo. Algo no iba bien y él lo sabía y
ya lo había sospechado cuando denegaron a sus padres volver a Wuhan por Año
Nuevo y a él salir de la ciudad. Por una gripe normal el Gobierno Chino no se
forzaría a hacer tales esfuerzos.
3 días más tarde.
Fen Woo seguía enclaustrado. Horas y horas jugando a la
consola, sin conexión online, y otras tantas mirando por la ventana mientras
seguía las teorías apocalípticas y sucesos de Twitter, WeChat o Weibo. En lo
profundo de su ser no quería creerlas pero una sugestión paranoica le obligaba
a tomarse la temperatura y calcular cada síntoma posible de su cuerpo. Las
fábricas seguían paradas pero el humo se apreciaba en el plomizo cielo, junto
con el único sonido de ambulancias y policía.
Otros 3 días más tarde.
El día después de volver a salir al mundo exterior para
realizar la compra de las mínimas existencias que poseía la ciudad, Fen recibió
una visita. Las autoridades del gobierno le reclamaron y entraron en su casa
sin ningún tipo de orden judicial para sustraerle su móvil, su conexión a
internet y avisarle de que si volvía a enviar información a alguien de fuera de
China sería encarcelado. Era una orden del PCC y su desobediencia era
considerada delito de Seguridad Nacional. Para colmo y asombro, le soldaron la
puerta de su casa y de su garaje hasta nuevo aviso. Estaba medio atrapado, ya
que podía salir por las ventanas. No obstante, era una advertencia clara.
2 días después.
La mente de Fen Woo
jugaba con él sin piedad. Un día le molestaba un pulmón, al siguiente tenía
dolor de cabeza y toses, luego era la garganta. La mente podía ser
maravillosamente susceptible. Recordaba cada hora lo que el recién fallecido, y
ahora figura contra el régimen chino, el doctor Lin Wenliang, había advertido
en sus videos. Una bandada de cientos de cuervos negros como el azufre habían
anidado en su jardín. Desplegaban sus alas para revolotear y dar unas vueltas y
tras ello volvían a su lugar de reunión, el jardín de la residencia Woo. Mal
fario. Fen no podía más, no dormía, no comía casi y estaba volviéndose loco
esperando la llegada de los hombres con brazalete rojo para detenerle sin
motivo.
Con lo que se decidió. Cogió su teléfono de frecuencia
satélite, prohibido en China, y lo conectó para hablar a sus padres y
confirmarles que estaba vivo. Nada más conectarlo recibió cuatro mensajes. Uno era
de sus padres y los otros tres eran mucho más enigmáticos. Su mejor amiga, Hua
Zhenyi, le comentaba la magnitud de la pandemia y su peligrosidad dos veces a
través de su teléfono satélite también. El tercer mensaje de hace menos de una
hora le decía:
“Espero que enciendas el teléfono. Te visitaré esta misma
noche. Asunto vida o muerte.”
Fen la esperaría. Quizás había llegado el momento de actuar, en vez
de morir de hambre en casa. Llevaba 29 años sin hacer nada de valor, podía
empezar a arreglarse tal desdicha.
…
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