domingo, 23 de febrero de 2020

ACTO 5. Medidas drásticas.

13:12, 18 de Febrero de 2020.
Sede Instituto Pasteur, París, Francia.

Toda la junta estaba reunida casi al completo para tratar el tema más importante del último mes y, probablemente, el tema más importante del año, el COVID-19. Los científicos internacionales más reputados del instituto que portaba el nombre del famoso bacteriólogo y químico francés tomaron asiento en la sala principal y privada donde se iba a anunciar una noticia de suma envergadura.

—Buenos días a todos y todas las presentes en esta reunión extraordinaria —dijo el doctor Le Jeaune al micro con marcado acento francés en el idioma más internacional—. Estamos muy ocupados y también preocupados y consternados por las noticias que nos están llegando de China. Allí están luchando contra un nuevo virus nunca antes visto en la naturaleza, el COVID-19. Desde que conseguimos muestras de tal virus hemos estado, incesablemente y sin descanso, buscando una vacuna para defender a la población mundial contra este peligro. Tengo que darles la información de que no podremos obtenerla en un periodo menor al de los 18 meses. —Unos murmullos hicieron callar al hombre del escenario, que esperó hasta que cesaron—. Sí, ya sabemos que es mucho tiempo y que el escenario mundial puede volverse mucho peor en todo ese periodo. Como mucho podríamos rebajar en unos meses el plazo, no obstante, no podemos asegurar nada y seguiremos trabajando con todo nuestro empeño en lograr una solución.

Los doctores y científicas asistentes cuchichearon mientras Le Jeaune se explayaba con el tema y contaba diferentes características e informaciones relevantes de diferentes tipos acerca del virus. La sala volvió a prestar atención cuando parecía llegar al punto final.

—Muchas gracias a todos y todas por su asistencia. Y para acabar, como punto final, y aunque no sea necesario esta puntilla, he de decir que el virus no es de origen natural. —Una exclamación inundó la sala—. Ha sido genéticamente modificado por el ser humano, no cabe ninguna duda. Esto implica una mayor fuerza para luchar contra él. Una mutación del propio podría ser de dimensiones catastróficas.



18:00, 16 Febrero de 2020.
Sala de vigilancia municipal central del CCP, Harbin, China.

El oficial al cargo de la ciudad había recibido unas órdenes de primordial necesidad de parte de los más altos mandos del partido. Medidas drásticas. Él las miraba atónito, pensando que eran un poco exageradas, sobre todo los castigos ejemplares. Atar a personas sin mascarillas a las columnas y transportarles en cajas como a perros con dirección a centros de cuarentena era vejatorio, aunque alguna sanción era mucho más cruel. ¿Pero que podía hacer él más que obedecer y ejecutar tal y como le habían mandado? Era una marioneta que se movía dominada por las cuerdas que controlaban los altos cargos. Encendió la radiofonía de la ciudad, tras darle un largo trago a su botella de agua.

—Queridos ciudadanos, les recordamos que es obligatorio recluirse en sus casas bajo aislamiento físico. Por favor, cooperen. Esta terminantemente prohibido abandonar sus hogares sin la expresa autorización del oficial al cargo de su zona de residencia. Es muy importante seguir estas normas y tomar medidas de precaución para detener la propagación de la enfermedad. Recuerden, su cooperación es esencial. Por favor, si tienen dudas contacten con el oficial al mando. Protegeos a vosotros mismos, ciudadanos. Cooperen, por favor. Ánimo y fuerza.

Tras cortar la emisión, imprimió una hoja llena de nombres, apellidos y sus respectivas direcciones. Al lado de estos ponía el delito del que se les acusaba a aquellos desafortunados. Le dio el acusatorio papel a su secretaria para que el brazo armado policial actuase como determinaban las nuevas normas de la ley marcial establecida. No podía haber fisuras y el PCC no podía ser flexible.





11:34, 18 de Febrero 2020.
Autopista de salida principal, Xiaogan, China.

Los furgones policiales hicieron aparición. Una larga fila de cincuenta vehículos negros como el carbón con sus sirenas esperando para aullar. Se detuvieron en mitad de la gran autopista de ocho carriles. Millares de coches querían abandonar la ciudad y se vieron interrumpidos e imposibilitados. El capitán se bajó del camión y comenzó a hacer gestos a los vehículos. Tenían que dar la vuelta. Nadie podía salir de la ciudad. Aunque quisiesen un muro de furgones blindados expresaba firmemente que era misión imposible.

La comitiva policial fue cortando todas las salidas y vallándolas, poniendo en ellas un improvisado control férreo. Hubo un par de casos de gente que intentaba la huida a la desesperada pero un porcentaje muy bajo tenía éxito. La probabilidad alta era acabar con tus huesos en la cárcel, herido gravemente o incluso fallecido, como ocurrió en la salida norte donde el conductor recibió dos disparos que iban dirigidos a las ruedas. El capitán se congratulaba de que la “Operación Cerrojo” estuviese saliendo tan bien. La población china estaba bastante atemorizada y calmada, sin ánimos belicosos o revolucionarios. Mejor no preguntarse como actuaría él estando en el otro bando.

5 horas después.

El capitán desembarcó con semblante recio en la plaza principal de la ciudad con una gran cantidad de unidades armadas y bien equipadas para el apaleamiento. Más de un millar de personas se amontonaban formando una fila poco ordenada delante del único supermercado abierto. Habían sido advertidos en tres ocasiones por las autoridades que debían volver a sus casas de inmediato pero la muchedumbre no se quería retirar sin hacerse con sus provisiones tras haber estado horas haciendo cola en la fría calle. El sargento advirtió de nuevo con un megáfono sin efecto disuasorio alguno. La gente no se iba a mover y empezó a abuchear a las fuerzas del estado.

Esas acciones provocadoras de la gente, cambiaron el chip del capitán de la policía de Xiaogan. La gente era avariciosa y egoísta. Rompiendo la cuarentena de tal modo ponían en peligro a toda la población y además increpaban a los que les querían proteger. El capitán se puso su casco de protección, cogió el escudo transparente y asió su porra con fuerza. Se giró para mirar a su cabo de frente.

—Cabo. Vamos a cargar contra los civiles. Disparen los botes de humo primero y, a continuación, las pelotas de goma. Cargaremos las cuatro primeras patrullas, dos más de refuerzo y dos más de apoyo. Esto no puede permitirse —apuntilló asqueado—. A mi señal, fuego a discreción.




13:56, 20 de Febrero 2020.
Helicóptero de combate del ejercito chino, Cielo de Wuhan, China.

Las hélices cortaban el aire y realizaban un relajante sonido para la pareja de militares chinos, Quing y Lei, ya acostumbrados a estos trayectos. Uno de ellos se mecía medio dormido al vaivén del helicóptero cuando le despertó su colega.

—¿Has visto que bien luce Wuhan sin contaminación? —le preguntó dándole dos golpes para despertarle.
—Sí, sí. Aunque no luce tan bien sin personas en sus calles. Que desgracia.
—Este maldito virus es el que lo ha provocado todo…
—Es imposible pensar que las cifras oficiales sean las verdaderas. 2.000 muertos no podrían provocar este lío y subir al máximo el nivel de alarma. ¿No crees?
—Sí. Y también creo que no podemos decir en alto eso que acabas de decir, amigo.
—No nos entienden estos médicos extranjeros —dijo ojeando de manera furtiva a los tres médicos foráneos que viajaban con ellos.
—Yo te lo digo por quien sí que pueda entendernos —susurró preocupado—. Está claro que es algo más grave de lo que nos dicen cuando dejan entrar al epicentro del problema a un medico americano, a una japonesa y a otro ruso, entre otros extranjeros. Debe ser algo muy grave para que el PCC haya caído tan bajo de hacer esto.

Aterrizaron en el improvisado helipuerto del campamento militar a las afueras de Wuhan. Miles de soldados residían en las tiendas de campaña verdes militar y el ajetreo era intenso. Dejaron a los médicos en la tienda principal donde estaba el general mayor del ejército y les asignaron sus nuevos domicilios. Una litera en una poblada tienda donde el barro en el suelo era abundante y el olor húmedo y cargado.

Tras dos días aburridos, llenos de juegos, apuestas y limpieza, les tocó a ambos entrar en la ciudad fantasma de lleno. Los dos primeros días estuvieron en la zona norte repartiendo comida y agua por los bloques de pisos que estaban cerrados a cal y canto. El tercer día, ayudaron con la fumigación de un extraño producto desinfectante desde unos modernos camiones. A la semana de servicio en Wuhan les llegó una noticia que no les gustó en absoluto, tanto por su riesgo como por su tarea. Les tocaría estar en uno de los hospitales recién construidos actuando como médicos, profesión de la cual no tenían ni idea. No era ese el problema, ellos tampoco debían hacer mucho. Los pacientes estaban condenados y solamente debían hacer acto de presencia, desempeñar un papel como en el teatro. Para su desgracia, los actores de este teatro estaban haciendo escenas de alto riesgo entre tanto infectado y ninguno se apuntó para ello al ejército. De todos modos podían estar agradecidos porque había tareas mucho peores que les podían haber tocado.




23 de Febrero de 2020.
Datos “oficiales” actualizados.

China: 77.000 infectados, 2.442 fallecidos. Xi Jinping asegura que el país se enfrenta a la crisis sanitaria más grande desde 1949.

Corea del Sur: 556 contagiados. Nivel máximo de alerta.

Italia: 151 contagiados. Cancelan el carnaval de Venecia, pequeñas localidades en cuarentena.

Irán: 28 casos y 5 fallecidos. Cierre de escuelas y universidades. También fronteras internacionales.

España: 0 casos en territorio peninsular. Cancelación del Mobile World Congress.

¿Alarmismo? ¿Psicosis? ¿Conspiraciones?

¿Verdad?
O
¿Mentira?

jueves, 13 de febrero de 2020

ACTO 4. Cuarentena.

15;51, 4 de Febrero 2020.
Bloque de pisos zona cero, Wuhan, China.


La señora Chang miraba por la ventana de su casa. Desde aquella octava altura podía ver una ambulancia parada en la entrada, azul y rojo mostrándose a intervalos. El día era húmedo, nublado. Ella estaba triste y sola. Veía su vida llegar al final y no quería hacerlo en solitario, de esta manera.

Hace unas semanas que los infectados en Wuhan, epicentro del coronavirus, habían sido obligados a aislarse y recluirse en cuarentena. Esa medida era de vital importancia para detener la rampante propagación del virus. Ella vivía con su marido de toda la vida y su perro. Ambos le habían sido arrebatados de improvisto. Primero se quedaron sin material medico, luego sin alimentos en la casa. Los oficiales del PCC no les dejaban salir sin las medidas de precaución necesarias, es decir, con mascarilla. Ellos, ya entrados en los setenta años de edad, confiaban en que sus familiares viniesen a ayudarles, pero no pudieron contactar con los residentes en Wuhan y los que estaban fuera no podían entrar a la ciudad ni queriendo.

La comida se acabó y el señor Chang comenzó a enfermar. No debido al virus, debido a la escasez de víveres y la falta de sus medicinas semanales, que no había podido adquirir por estar confinado y la farmacia cerrada. Los oficiales de la policía vinieron a hacer los correspondientes chequeos y confirmaron la fiebre del señor Chang. Acto seguido se lo llevaron a un centro de cuarentena sin que nada se pudiese hacer al respecto. También se llevaron al perro y dejaron sola a la anciana, sin una palabra de perdón o disculpa.

¿Qué sentido tenía la vida para la anciana? Eso se preguntaba ella, que abandonó su casa al día siguiente. Se entregó a los oficiales diciendo que quería ir al mismo centro que su marido. Estos le mostraron el camino y le dieron solo billete de ida. No obstante, eso no importaba a la señora Chang que prefería acompañar a su marido como había hecho desde que se conocieron, fuese cual fuese ese destino. En un polideportivo atestado de camas y pacientes le encontró y pudo volver a sonreír.




05:12, 6 de Febrero 2020.
Planta 3 Hospital Principal Wuhan, China.


La enfermera se levantó de golpe tras haberse quedado traspuesta. Había tenido una pesadilla, no obstante, la realidad que le golpeó fue considerablemente peor. Se secó el sudor, se lavó las manos y se puso su armadura de guerra para empezar otro día más de batalla. Todo el personal estaba exhausto, destrozado física y mentalmente. La situación era insostenible, una misión imposible pero no podían rendirse. Lucharían hasta el final, lucharían hasta la victoria o hasta la muerte.

5 horas más tarde.

—¿Dónde está Chen? —dijo la enfermera. Agotada acudía a desayunar y tomar un descanso reglamentario de 15 minutos.
—Se la han llevado —respondió su compañero apenado—. Se desmayó y tenía fiebres. Se la ha llevado los hombres del gobierno…
—Oh no. —Se tomó su tiempo para continuar con un nudo terrible en la garganta—. Esto es incontenible, ¿lo sabes, no? Esto se ha ido de las manos al gobierno totalmente. Están mintiendo de forma descarada. ¿Sabes cuantos he visto morir solo hoy con mis propios ojos? ¿Lo sabes?
—No, Tao. Seguro que tantos como yo, los cadáveres descansan en los pasillos. Y no debes hablar así del gobierno, están en todos los lados —susurró—, los nuevos médicos que han traído no tienen mucha idea de atender. Son agentes creo. Aunque dicen que vienen refuerzos esta semana. 100.000 médicos de todo China para llenar los nuevos hospitales.
—Me da igual hablar fuerte. El pueblo se muere. No podemos atender a todos. ¿Qué hacemos? Los siguientes en morir seremos nosotros. No hay material. No hay habitaciones. Estamos atrapados, y no veo solución. Estamos abarrotados. No sabemos ni como se transmite realmente el virus, ni cuales son los síntomas. ¿Puedes explicarme tú a que se deben tantos infartos y desvanecimientos estos días? Estamos condenados.
—¿Y qué quieres que hagamos? Este es nuestro deber. Nuestro deber con nuestros hermanos y hermanas que luchan contra la enfermedad. Nuestros compatriotas nos necesitan, nuestro país nos necesita. No podemos dejarles morir.
—Estoy harta. Estoy cansada. No sé que es de mi familia. No puedo más. Hay embarazadas infectadas, esto es una pesadilla. No tenemos malditos kits para hacer test. Simplemente mandamos a morir a la gente a una cama, con un medicamento que no vale para nada, si es que tienen suerte de recibirlo.
—No desfallezcas, Tao. Luchemos contra todo. Luchemos por salvar vidas. Cada vida cuenta, recuérdalo. No solo vale nuestra vida, cada vida que salvemos cuenta y contará por todo el esfuerzo que estamos realizando. No es en vano nada de lo que hacemos. ¡Ánimo!

Tao se levantó y siguió con su dura jornada de 18 horas ante tal emergencia y desbordamiento sanitario. Los médicos y enfermeros chinos luchaban día y noche contra el enemigo invisible del virus con una heroicidad digna de película. Si no fuese por su sacrificio, por su sudor, sus lágrimas e incluso sus vidas, muchas más victimas hubiesen sido incineradas.




22:31, 16 de Febrero 2020.
Habitación 832 del Crucero Diamond Princess, Puerto de Yokohama, Japón.


Roman volvió a abrir la puerta desganado y con cara de pocos amigos, los protegidos médicos, o camareros o el oficio que fuesen, le ofrecieron la bandeja, le tomaron la temperatura y se fueron por donde habían venido. El ucraniano destapó la cena y su cara se arrugó aún más cuando descubrió pollo, otra vez. Tras una retahíla de maldiciones e insultos su mujer, Alina, le mandó callar.

—Es que no me lo puedo creer. ¿Por qué tuvimos que venir aquí? —Se quejaba amargamente el ucraniano—. No sé porque te hice caso. Vamos a un crucero por Japón, será una gran experiencia… Ya lo veo. Llevamos varados dos semanas en el puto puerto.
—Que fácil y que valiente es culparme a mí de un evento cisne negro como este, además a posteriori. Así cualquiera. Podrías haberte negado a venir a Japón por si había un terremoto y un tsunami y eso provocaba una catástrofe nuclear. Es muy fácil predecir y dártelas de listo una vez ha ocurrido algo.
—Como te gusta hablar con tus términos económicos sacados de la universidad… Eso no va a cambiar que estamos totalmente atrapados en el crucero de los infectados. ¿Cuántos van ya?
—Creo que 300 —respondió encendiendo la tele que pasaban horas mirando.
—Sabes lo que creo. Que estamos aquí siendo una prueba experimental. China está dando datos falsos, eso está claro. ¿Quién cierra un país y pone en cuarentena a más de 100 millones de personas por unos 50.000 casos y mil muertes? Con lo que nosotros somos el primer experimento que tienen los demás países para comprobar la propagación, síntomas y poder real del virus. —Tosió un par de veces.
—Puede ser cierto. Tendría sentido — dijo preocupada por la tos de su marido. Cambió de canal y el Titanic surgió en su esplendor.
—Oh, oh, deja esa peli, anda. ¿Vas a querer pollo?




20:00, 1 de Febrero 2020.
Residencia de los Woo en Fei’e Mountain, Wuhan, China.


El único hijo de los Woo, Fen, volvió al chalet cargado de comida y de cualquier cosa útil para la cuarentena forzada que iba a realizar. Trajo papel higiénico, jabón, medicamentos y las pocas mascarillas que pudo. Estuvo 7 horas haciendo cola para comprarlo. Algo no iba bien y él lo sabía y ya lo había sospechado cuando denegaron a sus padres volver a Wuhan por Año Nuevo y a él salir de la ciudad. Por una gripe normal el Gobierno Chino no se forzaría a hacer tales esfuerzos.

3 días más tarde.

Fen Woo seguía enclaustrado. Horas y horas jugando a la consola, sin conexión online, y otras tantas mirando por la ventana mientras seguía las teorías apocalípticas y sucesos de Twitter, WeChat o Weibo. En lo profundo de su ser no quería creerlas pero una sugestión paranoica le obligaba a tomarse la temperatura y calcular cada síntoma posible de su cuerpo. Las fábricas seguían paradas pero el humo se apreciaba en el plomizo cielo, junto con el único sonido de ambulancias y policía.

Otros 3 días más tarde.

El día después de volver a salir al mundo exterior para realizar la compra de las mínimas existencias que poseía la ciudad, Fen recibió una visita. Las autoridades del gobierno le reclamaron y entraron en su casa sin ningún tipo de orden judicial para sustraerle su móvil, su conexión a internet y avisarle de que si volvía a enviar información a alguien de fuera de China sería encarcelado. Era una orden del PCC y su desobediencia era considerada delito de Seguridad Nacional. Para colmo y asombro, le soldaron la puerta de su casa y de su garaje hasta nuevo aviso. Estaba medio atrapado, ya que podía salir por las ventanas. No obstante, era una advertencia clara.

2 días después.

 La mente de Fen Woo jugaba con él sin piedad. Un día le molestaba un pulmón, al siguiente tenía dolor de cabeza y toses, luego era la garganta. La mente podía ser maravillosamente susceptible. Recordaba cada hora lo que el recién fallecido, y ahora figura contra el régimen chino, el doctor Lin Wenliang, había advertido en sus videos. Una bandada de cientos de cuervos negros como el azufre habían anidado en su jardín. Desplegaban sus alas para revolotear y dar unas vueltas y tras ello volvían a su lugar de reunión, el jardín de la residencia Woo. Mal fario. Fen no podía más, no dormía, no comía casi y estaba volviéndose loco esperando la llegada de los hombres con brazalete rojo para detenerle sin motivo.

Con lo que se decidió. Cogió su teléfono de frecuencia satélite, prohibido en China, y lo conectó para hablar a sus padres y confirmarles que estaba vivo. Nada más conectarlo recibió cuatro mensajes. Uno era de sus padres y los otros tres eran mucho más enigmáticos. Su mejor amiga, Hua Zhenyi, le comentaba la magnitud de la pandemia y su peligrosidad dos veces a través de su teléfono satélite también. El tercer mensaje de hace menos de una hora le decía:

“Espero que enciendas el teléfono. Te visitaré esta misma noche. Asunto vida o muerte.”
Fen la esperaría. Quizás había llegado el momento de actuar, en vez de morir de hambre en casa. Llevaba 29 años sin hacer nada de valor, podía empezar a arreglarse tal desdicha.

jueves, 6 de febrero de 2020

ACTO 3. Organización Mundial de la Salud.


14:01, 18 Enero 2020.
22ª planta del Hotel ICON, Hong Kong.

—Ha sido un placer, amigos. Todo está perfecto. Espero que puedan paliar ese pequeño brote de 2019-nCoV cuanto antes y con las menores dificultades y costes. Estamos en contacto —despidió al hombre y la mujer que venían en representación de China a informarle sobre la situación del nuevo virus.
—Les enviaremos diariamente toda la nueva información. Muchas gracias a usted —dijo la joven mujer con su encanto asiático que tanto atraía a Martin.

Este volvió pensando, con una sonrisa esbozada, en la señorita Lian Wen. Pensando todo tipo de posturas sexuales que realizaría placenteramente con ella. Se sentó en la silla, un poco excitado, después haría una visita por los clubes nocturnos de la antigua colonia británica. Puso su vista sobre la webcam del ordenador americano y saludó con aprobación levantando el dedo gordo.

—Martin, ¿qué significa ese dedo? —preguntó desde la pantalla una mujer rubia con enfado.
—Que todo ha salido bien. La situación con ese coronavirus está controlada perfectamente por China —dijo convencido, la mente puesta en asiáticos cuerpos desnudos.
—Dios mío —contestó el ordenador echándose las manos a la cabeza—. Me creo antes los números que pronostican los conspiranoicos en Twitter que lo que acaba de decir esta gente. Qué el virus salió de un murciélago es la típica excusa. Venían con un discurso bien aprendido. La verdad es bien distinta. Por lo menos ha de ser diez veces peor de lo que dicen. Estoy segurísima.
—No tienen porque mentirnos a nosotros… Somos sus amigos, colaboraremos con ellos y les ayudaremos. No están mintiendo, este brote solo es un nuevo SARS.
—No me creo nada de nada. Cogeré un avión yo misma para ver con mis propios ojos la verdad de todo esto.
—Como tú quieras —contestó Martin, pensando en que podría haberle acompañado y así se ahorraría pagar por una mujer, como iba a hacer esta noche. Aunque ni por todo el oro del globo hubiera tenido éxito con su compañera suiza.

Anne Schaff no tardó en abandonar Ginebra, poniendo Pekín como destino. De la capital se dirigió a Wuhan, donde el 22 de Enero por la noche empezó su investigación en primera persona.




20:55, 24 de Enero 2020.
Cuartel General de la C.I.A., Estados Unidos de América, Ubicación secreta.

—Así que vamos a hacer caso a los chinos…
—Eso parece —contestó el compañero removiendo café. Ambos parados en frente de la máquina con caras largas, desganadas.
—Mmmm…
—Peores cosas hemos hecho.
—Sí.
—Esto evitará una histeria colectiva de cojones. Piénsalo. No hay peor enemigo para la sociedad que el miedo y el pánico descontrolado. Por eso es tan jodida una guerra biológica. Prefiero que me tiren un misil que se por donde viene.
—Sí, sí —sorbieron café al unísono.
—Evitará que se desplomen las bolsas, evitará que el miedo a morir por un virus asesino invisible inunde todo el mundo, evitará que la gente se ponga nerviosa y paranoica por la alarma bacteriológica, etcétera. Hasta quitará los aranceles por los que Trump inició la guerra comercial. China lo solucionará con su estricta cuarentena bajo el mandato de su régimen dictatorial, autoritario y represivo. Nosotros lo veremos desde casa tranquilitos. Y todo esto se consigue con un simple asesinato. Sencillo.
—¿Qué caro sale decir las verdades del mundo, eh?
—Díselo a Snowden o a Assange. ¡Que hijos de puta! Se creerán revolucionarios o algo por el estilo, ¿no crees?
—Digo yo. No lo he pensado nunca. Pero tarde o temprano la verdad sale a la luz, nada se puede esconder eternamente y, menos, desastres de esta magnitud. ¿Y esa tal Anne Schaff? ¿Crees que correrá la misma suerte?
—Los chinos le habrán amenazado y torturado tanto que dudo que diga lo que sabe. Si es que sale viva de esta, supongo que habrá comprendido que su vida es insignificante comparado a lo que hay en juego. Demasiado dinero en juego.
—Al final, lo mejor es vivir en la ignorancia.
—Y al principio.




23:39, 24 Enero 2020.
Gasolinera BP Km. 31, Cantón de Ginebra, Suiza.

El director ejecutivo australiano de la División de Cobertura Sanitaria Universal y Ciclo de Vida de la OMS, Peter Samala, se mostraba inquieto en la oscuridad del parking de la solitaria gasolinera a las afueras de Ginebra. Sentado dentro de su sedán, el corazón le latía como si estuviese practicando los 400 metros lisos. No le había dicho a nadie lo que iba a hacer, sabía que era peligroso. No obstante, estaba convencido de que el mundo debía saber la verdad acerca de la magnitud del virus desatado en Wuhan. Su colega Schaff le había enviado detalladamente toda la información pertinente para destapar la gran mentira que comunicaba el gobierno chino. Todo ello en un pendrive que podría cambiar el curso de la historia. Por eso había quedado en un sitio poco transitado con su contacto del Washington Post.

Un coche gris, Ford, le dio las luces largas. Era el contacto. Desplazó el vehículo y lo aparcó al lado derecho de donde estaba el del director de la OMS. Samala trató de reconocer la cara del periodista, en penumbra era difícil. Parecía llevar puesto un sombrero en la cabeza. Eso desubicó al australiano, que agudizó su vista hacia el lado diestro.

Mientras Peter estaba con todo su esfuerzo puesto en mirar si el contacto se decidía a realizar alguna acción, la puerta trasera izquierda de su propio coche se abrió de golpe y alguien entró apuntándole a la cabeza. El australiano no pudo verle la cara del asaltante, pudo sentir el miedo paralizando sus músculos y el silenciador apretándole en el cogote. El Ford abandonó la escena y el silencio era tan abrumador como el de un funeral.

—Hasta aquí he llegado, ¿verdad? —preguntó triste Peter Samala. No respondió el nuevo pasajero— Supongo que le manda el gobierno chino, ¿me equivoco?
—Ha acertado ambas preguntas. Pulse el botón del seguro. —Samala respiró hondo y obedeció.
—Que desgracia. Tenía un mal presentimiento pero nunca creí que tratar de contar lo que realmente está ocurriendo en China fuese a condenarme. El mundo debería saberlo.
—No te muevas o te vuelo la cabeza —amenazó por detrás. La voz tenía acento americano—. Ahí te equivocas. El mundo no está preparado para saber lo que ocurre en China. Cuantos menos sepa la gente, mejor. Todo podría desmoronarse de otro modo.
—¡Y se desmoronará si no lo advertimos! ¡Han desatado un virus mortal! Será una catástrofe mundial si no se informa como es debido.
—Ponga sus manos en el reposabrazos. —El hombre misterioso le ató con unas bridas.
—Hay que actuar, todos unidos.
—Y eso es lo que estamos haciendo.

Peter Samala notó un pinchazo proveniente de una jeringuilla introduciéndosele en el cuello. El frío liquido brotó por sus venas y empezó a marearse. Logró balbucear unas palabras más, incitando a la unión de países y a la comunicación de la verdad. Desconocía que los países estaban unidos en que la verdad no saliese a la luz. El señor Samala fue encontrado muerto de forma repentina e inesperada en su coche, aparcado cerca de su residencia en Ginebra.

La OMS siguió creyendo y confirmando los datos que China le proveía, siendo estos de tan solo 3.000 casos y 80 muertos el 27 de Enero. La OMS declaró el 31 de Enero, a petición de China, el brote como una emergencia de importancia internacional. Una semana más tarde los casos oficiales eran de 20.500 infectados con 425 fallecidos. También pidió un plan de financiación de 675 millones de dólares para luchar contra el coronavirus.





(Descanse en paz Peter Samala, fallecido de un ataque de corazón el 24 de Enero de 2020. Este capitulo es solo ficción, como lo es toda la historia del blog. https://www.who.int/news-room/detail/24-01-2020-who-mourns-passing-of-dr-peter-salama )

martes, 4 de febrero de 2020

ACTO 2. Medidas obligatorias.



09:22, 31 Diciembre 2019.
Oficinas de Blue Dot Global, Toronto, Canada.

Trabajando el último día del año, ni siquiera tenían ese pequeño premio de descansar en el recuadro final del calendario. Se acaba trabajando 2019 y se sigue trabajando en 2020. Casi sin descanso. Al menos, el primer día del año era festivo y en aquello pensaba la ingeniera informática Dana Redmond mientras actualizaba el correo y comprobaba los resultados dados por el algoritmo de detección de enfermedades contagiosas. Un símbolo de una sirena le apareció en la pantalla. No lo había visto nunca antes. Pinchó en él y lo que descubrió le dejó sin respuesta. Comprobó de nuevo los datos, no había un cálculo de error posible en el algoritmo. Era correcto.

—Hola, buenos días —dijo en su teléfono tras marcar el número de su CEO—. Soy Dana. Sí. Oye, Kamran, tengo una alerta de epidemia grande, el algoritmo la ha encontrado en China y no tiene ningún error de cálculo. Tiene pinta de algo grave. Sí. Exacto. Muy bien, conéctese desde su casa en mi pantalla. Le digo la contraseña en Team Viewer. ¿Está ya? 321598138. Correcto. Todo suyo, jefe.

Pasaron diez minutos donde el puntero surcaba el ordenador local de la ingeniera, abriendo y cerrando ventanas, volando en la pantalla. Entre tanto Dana miraba el teléfono y colocaba su desordenada mesa. No hubo una respiración más alta que otra en lo que la llamada duró. Kamran Khan, se había quedado de piedra en su casa y no creía los datos que veía. Se aclaró la voz y Dana respondió presta.

—¿Sí? ¿Señor Khan? ¿Qué he de hacer pues?
—No lo sé… —respondió dudando, con la duda implementada en su tono.
—Pues si no lo sabe usted —contrarrestó, luego dio su opinión, tratando de colaborar—… Yo pienso que deberíamos informar a nuestros clientes que puedan tener negocios con China, por prevenir. Mejor curarnos en salud. Solo informar.
—Ya, ya. Deberíamos hacer eso —dijo auto convenciéndose a sí mismo—. Pero tampoco querría crear alarma y desincentivar inversiones allí por estos datos. Ya fallamos una vez diciendo que algo gordo venía. Nos resta mucha credibilidad. Aunque los números son los números y no hay demasiado margen de error. Las noticias, informaciones, patrones, todo cuadra en el algoritmo.
—No hace falta que les digamos que el mundo se acaba. Solo que les advirtamos, por lo que pueda pasar. Quien avisa no es traidor.
—Tienes razón, Dana. Eso es. Haz un correo estándar de aviso de enfermedad y me lo pasas, cuando te de el OK lo envías y te puedes ir a casa una vez hayas acabado. Muchas gracias por todo.
—Claro, jefe, muchas gracias y feliz año.

Dana se alegró. Sacó el punto de vista positivo de esta pandemia y se fue pronto a casa para disfrutar de ese día.



1 Enero 2020
Mercado de Wuhan, Wuhan, China.

La señora de 66 años estornudó, tapándose la nariz con sus manos. Después palpó un par de pollos, escogiendo uno. Lo mismo hizo con varias frutas. Saludó con un efusivo apretón de manos a un matrimonio de conocidos e hizo una caricia a su hija en el moflete.

El pollo toquiteado fue a parar a la cocina de un restaurante, el chef lo agarró sin lavarlo, después lo lavó y cocinó uno de los platos del menú.

Un extranjero que visitaba Wuhan con su mejor amigo decidió comprar dos frutas para recargar energía después de su largo paseo mañanero. Una para él, otra para su acompañante. No fueron lavadas.

Cuatro días más tarde.

Aquella señora mayor se dirige al hospital debido a que tiene fiebre y una “gripe” bastante fuerte. Coge el transporte público sin usar mascarilla ni guantes. No puede ser ingresada en el hospital porque están desbordados y sin capacidad para más enfermos de esas características. Vuelve a casa en transporte público.

El cocinero del restaurante llama a su jefe para comunicarle que se encuentra indispuesto y enfermo, pero este no cede y le pide que vaya a echarles una mano, aunque sea por unas horas, el restaurante está a rebosar. El chef acepta. Exceso de mucosidad constante, se suena numerables veces la nariz y, otras tantas, estornuda.

Los dos extranjeros viajan a Shanghai, acuden al mercado de imitaciones más grande de la ciudad a buscar ropa barata para llevarse a su país de nacimiento. Ambos están resfriados, suponen que es por las temperaturas frescas que han sufrido estos días. Gastan tres horas visitando tiendas, tocando el material e intercambiando billetes. Volverán a su país con síntomas de fiebre después de estar dos días más de turismo en la gran ciudad de los rascacielos.




16:33, 22 de Enero 2020.
Despacho del presidente de la República Popular China, Zhongnanhai, Pekín.

La puerta sonó dos veces, el presidente chino Xi Jinping se asombró de tal ruido, ya que había pedido que no le molestaran en lo que durase la conversación telefónica que mantenía con el director ejecutivo de Xiaomi. Se disculpó con él y colgó para ver que deseaba tal interrupción. Pasaron a la lujosa estancia cuatro personas: su secretario, el Ministro de Gestión de Emergencias junto con el de la Comisión Nacional de Salud y un desconocido. Esta comitiva sorprendió bastante al presidente que se ajustó la corbata y se sentó recto.

—Encantado de su inesperada presencia, ministros —dijo Xi impasible—. ¿Qué quieren ustedes?
—Muy buenas tardes, presidente —respondió adelantándose y haciendo una reverencia el jefe del comisionado de Salud—. Lamento decirle que traemos malas noticias. Un oscuro demonio se abalanza sobre la República Popular y debemos actuar de inmediato. Antes de que la situación sea insostenible. Luchando con todo nuestro corazón sortearemos esta calamidad que se ha cernido sobre nosotros.
—¿Cómo dice usted? —Asombrado por las misteriosas palabras, Xi hizo memoria tratando de recordar algún evento relacionado con la salud pública del país. Nadie interrumpió sus pensamientos hasta que estos acertaron—. ¿Se está refiriendo a la epidemia de neumonía causada por ese virus? ¿Lo acontecido en Wuhan?
—Así es, señor. Así es —corroboró totalmente apenado, humillado, agachando la cabeza tres veces—. El problema ha ido a más. Es necesario actuar con todas las medidas que puedan llevarse a cabo inmediatamente. Cada minuto perdido es un esfuerzo más que habrá que realizar para paliar el coronavirus de Wuhan.
—¿Qué significa que el problema ha ido a más? ¿No estaba controlado? Me dijeron que sería de la magnitud del SARS y no sería un inconveniente grave. ¿Qué ha ocurrido?
—Creemos que subestimamos las cifras de infectados reales y su poder de propagación. Está llegando a otros países de forma imparable y podrían haberse dado mutaciones inesperadas en él. Hemos perdido el control desde hace unos días. Es seguro que hay infectados en varias áreas del país fuera de la Provincia de Hubei y, también, en el extranjero. Hay que tomar las medidas necesarias para cortar su expansión.
—Un momento, un momento —Xi se frotó la cara con incredulidad—. ¿De qué cifra de infectados estamos hablando? Creí que me dijisteis que eran unos 20.000 infectados y 350 muertos. ¿Cuál es la realidad? ¿No tenemos una vacuna?
—Podemos estar hablando de unos 200.000 infectados y en torno a tres mil muertos, como mínimo. Nuestros científicos trabajan día y noche en una vacuna, pero no disponemos de resultados, pueden tardar unas semanas. Todo ha sido muy rápido. En apenas días empezaron a multiplicarse exponencialmente los casos. La ciudad de Wuhan, como punto de origen del virus, está totalmente desbordada. Los servicios médicos y hospitales están repletos. Necesitamos dotaciones de suministros médicos nuevos con urgencia. Tras una evaluación del alcance y la diseminación del brote podemos afirmar que la situación es muy grave, presidente. —Él no contestó. Reflexionaba con las manos cruzadas sobre la mesa, abstraído del mundo.
—Presidente, si me deja tomar la palabra, por favor, pasaré a explicar el plan del procedimiento urgente a llevar a cabo. Siempre que usted lo autorice.
—Adelante, ministro de Emergencias. Proceda.
—En tal estado de excepción, debemos subir el nivel de alerta de guerra bacteriológica al máximo y comenzar con los protocolos de aislamiento y cuarentena de las zonas más afectadas. Empezaremos con Wuhan como punto cero y pondremos en cuarentena la provincia entera de Hubei. A partir de ahí, veremos si la propagación continua y decidiremos si más ciudades deben seguir ese protocolo de actuación. El virus se propaga veloz, se transmite de humano a humano y por el aire, siendo altamente contagioso. Su tiempo de incubación es de 14 días y puede ser transmitido en este periodo aunque no se tenga ningún síntoma. En esos casos, es muy difícil dar con él. Hemos de tomar decisiones. Se acerca el Año Nuevo y la gente querrá visitar a sus familias, habrá una gran dispersión del virus. No podemos permitirlo. Somos un gran país, contamos con 1.400 millones de personas en él. Si no somos rápidos y disciplinados podemos colapsar y los recursos que necesitaremos para solucionar esta crisis serán gigantes. Debemos prealertar, prepararnos, poner en marcha un sistema de recomendaciones para la población y vigilar y contener el virus con toda nuestra fuerza, mi presidente.
—Que desastre… —susurró Xi con la mirada perdida—. Tendremos una reunión de Estado esta misma tarde para preparar todas las medidas obligatorias que serán ejecutadas. Quiero hablar con el alcalde de Wuhan en cuanto sea posible. Hay que mantener la calma entre la población para que no cunda el pánico y la estabilidad en el panorama internacional para que la imagen de nuestro país no salga perjudicado y dañado en esta imperativa intervención. Debemos estar más unidos, si cabe, en estos momentos tan duros. ¡China resistirá!

Las medidas principales que se tomaron en la reunión fueron: Aislar en cuarentena a 50 millones de personas en la provincia de Hubei, restricciones en viajes dentro del país, ampliación de las vacaciones de fin de año; cierre de colegios, edificios públicos y multitud de negocios, cese de actividades de ocio y deportivas como la Liga de Fútbol o la Fórmula 1. Las recomendaciones para combatir el virus fueron notificadas una y otra vez por los medios. Se comenzó la construcción de un par de hospitales de manera exprés y televisada para aportar sensación de eficacia y preocupación por el pueblo. El ejercito fue movilizado en máximo nivel de alerta y se ordenó la preparación de campamentos de campaña para confinar y tratar posibles infectados.

El estado de emergencia ha empezado en China.



ACTO 8. Conclusiones.

00:44, 26 de Febrero 2020. Paseo del Huangpu River Binjiang Avenue, Shanghai, China. La vista desde la ribera del río que partía en d...